Como no es dado a un simple mortal el conservar el orden con solo su voluntad pasajera, es preciso que haya leyes en una monarquía, porque sin este freno llega a ser tiránica.
Pero ¿cuál es el fundamento sólido de la quietud y el reposo de los pueblos? No lo son las leyes que arreglan su constitución o que aumentan su poder, sino las constituciones que forman ciudadanos y dan vigor a sus almas; tal es la decisión unánime de los legisladores, de los filósofos, de todos los griegos y quizás de todas las naciones.
Las leyes, impotentes por sí mismas, adquieren su fuerza únicamente de las costumbres, que son tan superiores a ellas, como lo es la virtud a la probidad. Por las costumbres se prefiere lo honesto a lo que no es más que justo, y lo justo a lo útil. Contienen al ciudadano con el temor de la opinión, mientras que las leyes no le espantan sino por el temor de las penas.
De aquí resulta para todo gobierno la indispensable necesidad de atender a la educación de los niños, como un asunto el más esencial, de criarlos en el espíritu y amor de las leyes, en la sencillez de los tiempos antiguos, en una palabra en los principios que deben arreglar para siempre sus virtudes, sus opiniones, sus sentimientos y sus maneras. Todos los que han meditado sobre el arte de gobernar a los hombres se han persuadido de que la suerte de los imperios depende de la instrucción de la juventud. Según sus reflexiones se puede establecer este principio luminoso: Que la educación, las leyes y las costumbres jamás deben estar en contradicción.
CAPÍTULO LXI.
Dionisio rey de Siracusa, en Corinto. — Hazañas de Timoleón.
De vuelta a Atenas, después de once años de ausencia, nos pareció, digámoslo así, llegar a esta ciudad por primera vez. La muerte nos había privado de muchos amigos y conocidos: faltaban familias enteras, y otras se habían levantado en su lugar; así es que nos recibían como extranjeros en las casas que antes visitábamos, de modo que por todas partes veíamos la misma escena, pero distintos actores.
Durante algún tiempo nos importunaron con preguntas relativas al Egipto y la Persia, y yo volví inmediatamente a mis antiguas investigaciones. Un día que yo pasaba por la plaza pública, vi un gran número de noveleros que iban y venían, y se agolpaban en tumulto sin saber cómo explicar su sorpresa. «¿Qué ha sucedido?», pregunté acercándome. «Dionisio está en Corinto», me respondieron. «¿Qué Dionisio?». «Aquel rey de Siracusa tan poderoso y tan temido. Timoleón le ha arrojado del trono, y le ha hecho poner en una galera que acaba de traerle a Corinto. Ha llegado sin escolta, sin amigos y sin parientes; todo lo ha perdido, excepto la memoria de lo que era».
Esta noticia me movió el deseo de ir a Corinto, acompañando a un corintio llamado Euríalo con quien yo había tenido relaciones amistosas, y él las había tenido en otro tiempo con Dionisio.
Al llegar a esta ciudad, encontramos a la puerta de una taberna un hombre grueso, mal vestido, y a quien el tabernero, al parecer por compasión, le daba las escurriduras de algunas botellas de vino. Aguantaba y repulsaba riendo las groseras bufonadas de algunas mujeres de mala vida, y sus chistes divertían al populacho que alrededor de él se había juntado.