Verificáronse al cabo los temores de aquel rey, pues mientras Polícrates meditaba la conquista de la Jonia y de las islas del mar Egeo, el sátrapa de una provincia inmediata a sus estados y sometida al rey de Persia logró llevarle a su gobierno, y después de haberle dado muerte entre horribles tormentos, mandó que atasen su cuerpo a una cruz levantada en el monte Mícala, enfrente de Samos.
Después de su muerte experimentaron los isleños toda clase de tiranía; la de uno solo, la de los ricos, la del pueblo, la de los persas y de las potencias de la Grecia. Las guerras de Lacedemonia y de Atenas hicieron prevalecer entre ellos la oligarquía y la democracia. Los atenienses, haciéndose en fin dueños de la isla, la dividieron algunos años hace en dos mil porciones distribuidas por suerte entre otros tantos colonos encargados de cultivarlas. Neocles era uno de ellos, y se estableció en la isla con Queréstrata, su mujer. Aunque era mediano su haber, nos obligaron a aceptar hospedaje en su casa, y sus obsequios y los de aquellos habitantes prolongaron nuestra estancia en Samos.
Unas veces pasábamos el brazo de mar que separa la isla de la costa del Asia y nos divertíamos en cazar por el monte Mícala, y otras disfrutábamos del placer de la pesca al pie de este monte, hacia aquel paraje donde los griegos ganaron sobre la escuadra y el ejército de Jerjes aquella famosa victoria que consolidó el reposo de la Grecia.
A la vuelta de un corto viaje que hicimos para gozar de estas diversiones, encontramos a Neocles ocupado en los preparativos de una fiesta, y a Queréstrata recién parida. Acababa de poner nombre a su hijo, y le había dado el de Epicuro.[4] En tales ocasiones, los griegos tienen costumbre de convidar a comer a sus amigos: el convite fue numeroso y muy lucido; yo estaba a la cabecera de la mesa, entre un ateniense muy hablador y un samio que no decía palabra.
[4] Este es el célebre Epicuro que nació en el año tercero de la olimpiada ciento nueve (341 años antes de J. C.). En aquel año nació también el poeta Menandro.
Al principio fue muy estrepitosa la conversación entre los convidados, y en nuestro lado vaga y sin objeto, pero luego se hizo más sostenida y seria. El samio tenía aspecto sereno y continente grave, y estaba vestido de una ropa tan blanca como aseada. Yo le ofrecí sucesivamente vino, pescado, vaca y un plato de habas, pero nada admitió; no bebía más que agua ni comía más que hierbas. «Es un rígido pitagórico», me dijo al oído el ateniense, y de repente, levantando la voz: «hacemos mal en comer estos peces», dijo, «porque al principio habitábamos como ellos en el seno de los mares. Sí, nuestros primeros padres han sido peces; y no se puede dudar esto, pues lo dijo el filósofo Anaximandro. El dogma de la metempsicosis me da escrúpulos sobre el uso de las viandas; comiendo esa vaca me expongo a ser antropófago. En cuanto a las habas, es la sustancia que más participa de la materia animada, cuyas partículas son nuestras almas. Tomad flores de esta planta cuando empiezan a negrear, ponedlas en un vaso, metedlo debajo de tierra, quitad la cubierta a los noventa días, y hallaréis al fondo del vaso la cabeza de un niño. Pitágoras hizo este experimento».
Todos empezaron a dar carcajadas a costa de mi compañero de mesa, pero él guardaba silencio. «Mucho os apuran», le dije. «Bien lo conozco», respondió, «pero no contestaré nada: mal haría en tener razón en este momento..., refutar seriamente lo ridículo es aún mayor ridiculez. Pero no corro ningún riesgo con vosotros. Neocles me ha enterado de los motivos que habéis tenido para emprender tan largos viajes, sé que sois amantes de la verdad, y yo no tendré reparo en decírosla». Acepté su ofrecimiento, y después de comer tuvimos la conversación siguiente.
CAPÍTULO LXXIII.
Conferencia sobre la doctrina de Pitágoras.
Samio. Sin duda no creéis que Pitágoras haya dicho los absurdos que se le atribuyen.