Filipo había formado nuevamente el proyecto de apoderarse de la isla de Eubea por medio de sus intrigas, y de la ciudad de Mégara por medio de las armas de los beocios, sus aliados. Foción ha burlado sus proyectos, cuya ejecución hubiera hecho a este príncipe señor de Atenas. Con la mira de disponer del comercio de granos que sacan los atenienses del Ponto Euxino, atacó vigorosamente la fuerte plaza de Perinto, y, rechazado por los habitantes socorridos de los bizantinos, fue a situarse luego bajo los muros de Bizancio.
Inquietos los atenienses con este sitio, hicieron pedazos la columna en que estaba inscrito el tratado celebrado con Filipo siete años antes, equiparon naves, y se prepararon para la guerra. Nombraron a Foción como general de la expedición dirigida a la defensa de Bizancio, y al presentarse al frente de esta plaza, los magistrados de la ciudad introdujeron en ella sus tropas. Su valor y disciplina tranquilizaron a los bizantinos y obligaron a Filipo a levantar el sitio. Antes de retirarse tuvo la precaución de renovar la paz con los atenienses, quienes al punto se olvidaron de los decretos y los preparativos que habían hecho contra el rey de Macedonia.
Entre tanto la junta de los anfictiones había declarado la guerra a los habitantes de Anfisa, acusados de sacrílegos contra el templo de Delfos. Estos desgraciados, habiendo quedado vencidos en la primera acción, se sometieron a las condiciones más humildes; pero lejos de cumplirlas, rechazaron en segunda batalla al ejército coligado, y aun hirieron al general. Con este motivo tuvieron los anfictiones otra junta que se celebró en Delfos, y encargaron a Filipo la empresa de vengar los ultrajes hechos al templo de esta ciudad. Este príncipe, que desconfiaba de las intenciones de los tebanos, en virtud de este decreto mandó a los pueblos del Peloponeso que tomasen las armas e hiciesen provisión de víveres para cuarenta días. Entonces se hizo general el descontento en la Grecia; Esparta guarda un profundo silencio, y Atenas, vacilante y temblando, quiere y no se atreve a unirse a los pretendidos sacrílegos. En una de sus juntas se propuso consultar a la Pitia. Ella filipiza, exclamó Demóstenes, y la proposición fue desechada.
Pasó Filipo las Termópilas, entró en la Fócida, y cayó de repente sobre la ciudad de Elatea con el objeto de establecerse y fortificarse en ella. Al recibirse la noticia en Atenas, se amotina la ciudad y un mortal espanto hiela los ánimos. Los generales pasan la noche corriendo a todas partes y suena por las calles la trompeta. Amanece, y el pueblo se reúne en la plaza pública; en medio de un silencio imponente sube Demóstenes a la tribuna, pronuncia algunas palabras sobre las intenciones de Filipo y propone un decreto reducido a los artículos siguientes. «Después de haber implorado el auxilio de los dioses protectores del Ática, se equiparán doscientas naves. Los generales irán con las tropas a Eleusis; se enviarán diputados a todas las ciudades de la Grecia: luego irán también a Tebas para exhortarla a la defensa de su libertad y ofrecerles armas, tropas, dinero y decirles que si Atenas creyó hasta ahora que era gloria suya disputarles la preeminencia, ahora piensa que sería ignominioso para ella, para los tebanos, para todos los griegos, sufrir el pesado yugo de una potencia extranjera».
Pasó el decreto sin la menor oposición, y fueron nombrados cinco diputados, dos de ellos Demóstenes y el orador Hipérides. Partieron inmediatamente para Tebas, y Demóstenes expuso a los tebanos con tal fuerza y energía la necesidad de aliarse con Atenas que no titubearon en recibir dentro de sus muros el ejército de los atenienses, mandado por Cares y Estratocles.
Filipo, aguardando una ocasión favorable, abrazó el partido de ejecutar el decreto de los anfictiones y atacar la ciudad de Anfisa. Valiéndose de una estratagema, se apoderó de un desfiladero abandonado por los atenienses y los tebanos, venció a los anfisios y se apoderó de su ciudad.
Hecha esta conquista, entabló negociaciones con los jefes de los tebanos, quienes comunicaron sus proposiciones a los atenienses, y estos les exhortaron a que las aceptasen. Foción era de este dictamen, mas prevaleció el de Demóstenes, que era contrario. Este orador marchó al punto a la Beocia, y obligó a los tebanos y beocios a que rompiesen toda negociación con Filipo, quedando así desvanecida toda esperanza de paz. El rey de Macedonia avanzó al frente de un numeroso ejército hasta Queronea en Beocia, distante de Atenas cerca de seiscientos estadios (algo más de 23 leguas). A la voz imperiosa y elocuente de Demóstenes, se ven avanzar hacia la Beocia numerosos batallones de aqueos, corintios, leucadios y otros muchos pueblos. El ejército confederado dicen que era más fuerte que el de Filipo. A pesar de esto la Grecia entera se ha levantado, digámoslo así, mirando a la Beocia en la terrible expectativa de un acontecimiento que va a decidir de su suerte. Atenas pasa a cada momento por todas las convulsiones de la esperanza y del temor, y Foción está tranquilo.
Diose la batalla el día tres de agosto del año trescientos ochenta y tres antes de J. C. Jamás mostraron más valor los atenienses y tebanos. Los primeros llegaron a romper la falange macedonia, pero sus generales no supieron aprovecharse de esta ventaja. Advirtiolo Filipo, que mandaba el ala derecha, y restableció el orden en su ejército. Alejandro, su hijo, era general de la izquierda, y uno y otro acreditaron el mayor valor. Demóstenes fue de los primeros que huyeron: más de mil atenienses murieron con gloria y más de dos mil quedaron prisioneros. Casi igual fue la pérdida de los tebanos.
El rey manifestó al principio una alegría indecorosa, y después de un banquete en que sus amigos, imitándole, se entregaron a los mayores excesos, fue al campo de batalla y no se avergonzó de insultar a aquellos valientes guerreros que veía a sus pies postrados, y, batiendo el compás, se puso a declamar el decreto que Demóstenes formó para levantar contra él a los pueblos de la Grecia; pero el orador Démades, aunque encadenado, le dijo: «Filipo, tú haces el papel de Tersites, cuando pudieras hacer el de Agamenón». Estas palabras le hicieron volver en sí, arrojó la corona de flores que ceñía su frente, puso a Démades en libertad, e hizo justicia al valor de los vencidos.
Algún tiempo después y en tanto que los atenienses se preparaban para sostener un sitio, Alejandro, acompañado de Antípatro, vino a ofrecerles un tratado de paz y alianza.