¡Dichosos tiempos éstos en que, por cada pierna que podemos mover, y aun echar por alto, tenemos una liga que nos sujete y nos impida andar en malos pasos! Hay ligas femeninas, hay ligas masculinas, las hay de ambos sexos; las hay para todo y contra todo. Esta de ahora, contra la pornografía, promete ser de las más batalladoras. ¿Será verdad que estamos tan encenagados? ¿Se escriben y se publican más libros pornográficos que en otros tiempos? ¿El teatro es más inmoral que lo ha sido nunca? ¿Se escandaliza por esas calles como en ningún otro período histórico?

Yo creo que no; lo que yo creo es que ahora, como nunca, le ha dado á todo el mundo por enterarse de todo y por hablar de todo, y... ¡oye uno á señoras y señoritas, niñas y niños, tratar de unos asuntos! Sucede como en esos países de clima templado en que las casas están mal acondicionadas para el invierno: cuando quiere uno estar abrigado, hay que echarse á la calle. Lo mismo es con la pornografía moderna. La calle está á mejor temperatura que las casas.

Ciertos libros, ciertos teatros, solicitan á un público especial. ¿Qué culpa tienen ellos de que todo el público los busque? Los que se indignan con la literatura pornográfica, ¿están seguros de haber dispensado su protección á la literatura honesta? Los que protestan contra las obras inmorales en el teatro, ¿están seguros de no haberse aburrido en la representación de alguna comedia moralísima?

No me cansaré de decirlo; lo que llamais pornografía tiene su origen principal en la exagerada ñoñería. Por ñoñería cultivais la incultura, y ahí tenéis el fruto. Impedís que vuestros hijos y vuestras hijas afronten cara á cara, como la luz del sol, una verdadera obra de arte, y, es claro, como algo han de leer, leen á escondidas cualquier porquería; y como no tienen formado el gusto para saborear cosa mejor, les parece excelente.

Si no les permitís admirar las obras maestras de la escultura, ni los desnudos del Tiziano, ¿cómo no han de recrearse, á hurtadillas, con alguna colección de postales que sólo puede causar asco en quien más alta y más pura belleza haya contemplado?

Cuidad de vuestros hijos en casa y no os cuidéis tanto de la calle; que nadie sale á buscar en ella lo que le prohibieron que buscara, sino lo que le enseñaron á buscar.


VIII

En los Estados Unidos un matrimonio ha realizado, efectivamente, ese duelo á muerte que es todo matrimonio. La esposa, el adversario, según Capús, lo ha sido en este caso con todas sus consecuencias. Con mayor lealtad, al batirse á pistola con su marido, que tantas otras mujeres en ese duelo continuo á pinchazos, pellizcos y mordisquitos—morales, por supuesto—que tienen su campo de honor á todas horas, en la mesa, en el despacho, en el cuarto de costura, en el mismo tálamo, y por testigos, á parientes, criados, vecinos, visitantes y á la misma prole de los combatientes.