Max Rheinhardt, el primer director escénico de Alemania, ha obtenido un triunfo de alabanzas, de burlas y de discusiones en la representación, en la pista de un circo, del Edipo, de Sófocles, y el Ricardo II, de Shakespeare. La prueba es digna del inteligente director, y según sus admiradores incondicionales, en los tiempos modernos no se había logrado tan exacta presentación de la tragedia griega en toda su grandeza. El coro, verdadero protagonista en ella, recobra así toda su importancia, invadiendo la pista por diferentes partes, como verdadera masa popular, interviniendo en la acción á cada paso espectador y actor al mismo tiempo.

En cuanto al Ricardo II, de Shakespeare, como todos los dramas históricos del mismo autor, creo que sólo en un circo pueden hallar su verdadero escenario. Allí pueden evolucionar guerreros y caballos; allí pueden sucederse los varios episodios, todos interesantes y todos necesarios. Y, en efecto, las representaciones primitivas de esas obras, en tiempos de su autor, actor y empresario, más semejanza tenían con la representación de una pantomima de circo en nuestros tiempos, que con las representaciones de esas mismas obras en nuestros modernos teatros. Los actores pasaban á caballo entre el público; como aun hoy, por tradición teatral, puede verse en Granada, en las representaciones de la famosa Toma, y como era uso también en nuestros corrales; y actriz hubo, como la Bárbara Coronel, más celebrada por su arrogancia de amazona que por sus méritos de comedianta.

Todo vuelve á fuerza de buscar novedades, y el mayor progreso escenográfico está en volver á la sencillez de los teatros primitivos. El teatro vive, ante todo, de la imaginación, y á la imaginación, ó se la engaña con muy poco ó no se la engaña con nada. Hay algo con que se la engaña siempre: el interés y la emoción. Sófocles y Shakespeare no necesitaban de los ojos del espectador; con los oídos les bastaba.


IX

Después de leer el libro L'art de bien tenir sa maison, publicado en París por la biblioteca «Fémina», cae uno en la cuenta de cómo es preciso renovarse ó morir, según la frase de Gabriel D'Annunzio. Hay que renovar nuestra educación cada diez años, por lo menos, si no quiere uno caer en graves faltas de tacto y de buen gusto. Parece que esto de la urbanidad y del trato social debiera estar sujeto á leyes más permanentes; nada de eso; lo que ayer era exquisita cortesía, hoy es ordinariez; lo que ayer acreditaba á cualquiera como hombre de sociedad, hoy le pondría en el más lastimoso ridículo. La exacta observación de las famosas máximas del barón de Andilla podrá hacer del más zafio patán el más cumplido cortesano. ¡Eran tan claras, tan sencillas, tan aplicables! Ya por los tiempos de su publicación empezaba á desecharse tradicionales reglas de buena crianza. Dice el barón:

«Hoy, en la mesa principal, es uso

servir trinchado ya: sistema ruso.»

Nadie ignora que allá en los años en que Larra escribía su Castellano viejo, nada acreditaba tanto á una persona de finura y cortesanía como su habilidad en el arte cisoria, mostrada al trinchar un ave entre la admiración y el aplauso de los comensales... Arte y habilidad perdidos, cuya tradición sólo conservan algunos cirujanos modernos, tal vez por atavismo, tal vez porque consideren, como el filósofo, que el hombre es un ave sin plumas.