Digamos, como el otro, de los catecúmenos en la iglesia: Por mí, que entren. Bien estarían, ¡oh, mis buenos amigos D. Mariano de Cávia y D. Antonio Zozaya!, el periodismo sin periodistas y la literatura sin literatos y el Arte en general sin artistas, si en esta nueva irrupción, que pudiéramos llamar de los bárbaros, no en el sentido ofensivo de la palabra, sino en el suyo original de gente extraña, los tales aportaran al periodismo, á la literatura y al Arte algo que mejor fuera; esto es, vida, espontaneidad, frescura... Pero, ¡ay!, que nada más literario que un iliterato. Lo sé por experiencia. De continuo recibo dramas y comedias, pues bien, siempre que el remitente me anuncia «Sin estudios de ninguna clase, sin conocer el teatro, he escrito esta obra, inspirada en algo que me sucedió y creo interesante...», se puede asegurar que la obra es un compendio de toda la mala literatura dramática y de todas las triquiñuelas teatrales del peor género, exornado de la más ramplona retórica de folletín. Si todo el que ha pasado por algo supiera decírnoslo, el mundo estaría lleno de grandes artistas. Pero si muy difícil es saber ver, aun es más difícil saber contar. Se refiere el caso de un procesado que, al oir la elocuente oración de su defensor y cómo enumeraba con patéticas frases las desdichas que le habían traído á tan triste pasó, exclamó:—¡Hasta ahora no me había yo dado cuenta de lo que he padecido! Y es que, hasta del propio dolor, es mal intérprete la ignorancia.
Nadie sabe la literatura que hace falta para no parecer literato, ni lo que hay que saber de dibujo para desdibujar. Para ocultar todo arte hay que ser un supremo artista.
XIX
El caso de La Croix, periódico de París, órgano conservador y católico, es curiosísimo. Se pasa la vida bombeándonos como país católico, poniéndonos de ejemplo á los empecatados Gobiernos franceses, que han llegado á la separación de la Iglesia y del Estado, y cuando pudiera creerse que somos el mejor modelo que todos los países del mundo debieran copiar, llega la cuestión de Marruecos y, ¡adiós mis pavos!, nos pone de atrasados, de bárbaros y hasta incapaces de Sacramentos, á pesar de todo nuestro catolicismo, que no tiene Muley Hafid por dónde cogernos. ¡Aten ustedes esa mosca por el rabo! De suerte, que muy buenos cristianos, pero en lo demás, cosa perdida; pues sí que es para animarnos á perseverar si son esas las consecuencias de nuestro fervor religioso.
Como los nuestros de á cuarto, tienen los beatos franceses cosas de á sou.
Para consuelo nuestro, y en honor del decantado bon sens de los franceses, no toda la Prensa se ha despeñado por el precipicio de las tonterías. Espíritus belicosos se complacen en trasladarnos lo desagradable; justo es consignar que hay quien no ha perdido los estribos y que la razón y el sentido común no han huído todavía de Francia, aunque estén pasando muy malos ratos, como en todas partes, cuando los energúmenos vocean.