XX

Nuestra pobre vida, ahogada entre las cuatro paredes de la actualidad prosaica, sólo en lo misterioso halla asidero para lanzarse iluminada hacia donde algo novelesco ó poético se vislumbra. Sabemos que de nada extraordinario somos capaces; sabemos hasta dónde nos llevan nuestras pasiones, nuestros vicios, nuestras maldades y nuestras virtudes; hemos perdido toda ilusión en nosotros mismos, hemos renunciado á ser actores hasta en la propia comedia de nuestra vida; por lo mismo, somos espectadores curiosos de la vida de los demás y esperamos de cualquiera de ellos la emoción que divierta un poco la monotonía de nuestra vida. ¿No hay quien quiera ser héroe, para que, de espectadores, ascendamos, siquiera por unos días, á ser coro de la tragedia?

La muerte de Mad. Lantelme, lindo artículo de París—ciudad única en la fabricación de esas muñecas vivientes, imitación perfecta de todo, de la hermosura, de la elegancia, hasta del talento,—nos defraudaría como espectadores si, en efecto, hubiera sido causada por un accidente de los que llamamos casuales. Y he aquí cómo, hasta cuando queremos poetizar, nos asimos de la más vulgar lógica.

La casualidad es un desenlace, pero no es una explicación. La casualidad es algo que irrumpe por nuestra vida, fuera de todo cauce; algo que, de puro fatal, parece desviarnos de la fatalidad de nuestro destino. Son pocos los espíritus que saben percibir en la casualidad algo que sea lógico y necesario en esa armonía que es toda vida humana.

A nadie le parece buena explicación el accidente casual. Todas las mujeres que envidiaban á la Lantelme, creyéndola muy dichosa, caen ahora en la cuenta de que era muy desgraciada. Menos mal que la muerte pone un poco de moralidad en la vida. Las que más la envidiaban han dejado de envidiarla ahora: «No, no era feliz; no podía serlo—se dicen unas á otras.—La felicidad no es sólo el dinero...» Pero, á estas horas, todas pensarán en el opulento viudo, por si acaso. Todo es poner barandal más alto á las ventanas del yate.

Todos prefieren creer que la linda muñeca de lujo se ha suicidado. Esta explicación, que es más lógica, es, por lo mismo, más vulgar, queriendo ser poética. Hasta en Francia, donde aun florece la tragedia con toda la pompa de sus alejandrinos, se ha perdido el sentido de lo trágico. Buscando la tragedia, se cae en el melodrama.

¿Un suicidio? Según eso, las mariposas efímeras también se suicidan cuando se queman á la luz. No; cumplen su destino: vuelan hacia la luz y se abrasan. Igual, ese bonito juguete, mariposa-mujer con alas de encajes y colores de pedrería, volaba en torno de esas luces deslumbradoras que son el amor, la riqueza, el arte, la gloria... y se abrasó en cualquiera de ellas, tal vez en la que menos calor daba.