Una escritora de entendimiento y de corazón propone que los niños asistentes á las escuelas públicas tengan al entrar ellos, no sólo alimento espiritual, sino algo también de ese alimento material, tan necesario para bien disponer el espíritu; que si tripas llevan pies—y andamos tan malamente,—también llevan cerebro: y si de la panza sale la danza, también la enseñanza, si ha de ser provechosa.

Plausible idea es la del desayuno escolar, y es preciso que no quede en idea. Es triste cosa que, por amor propio mal entendido ó por temor á que pueda parecer bombo mutuo ó tacto de codos, nadie patrocine más ideas que las propias, y así queden perdidas y malogradas las mejores.

Ese desayuno de los niños pobres debe quedar á cuenta de los niños ricos, y las madres que enseñan á rezar á sus hijos, deben hacerles comprender que por algo en el Padrenuestro no se dice: «El pan mío de cada día», sino «el pan nuestro». ¿Qué menos puede comprender ese plural que el pan de todos los niños? ¿Qué almas pueden unirse mejor en ese acto de compartir el pan, que siendo de comunión cristiana, lo es también de solidaridad social?


Lances de veraneo: Un tenorio de playa, locamente enamorado de una bella compañera de hospedaje, la persigue día y noche dispuesto á todo. Un día, por fin, acompañándola desde la calle, se entra decidido hasta el mismo cuarto de la señora, que protesta muy indignada. El, sin oirla, se entrega á los transportes más apasionados. La dama le rechaza con toda su fuerza: «¡Está usted loco! ¿Qué hace usted? ¿Quiere usted que grite? ¡Qué atrevimiento! Y... ¿á que no ha echado usted el pestillo?»


XXV

Que si Francia, que si Alemania... Cuando aun saboreamos las delicias del ménage à trois, anglo-franco-español, concertado en la Conferencia de Algeciras, á la ligera, de pasada y como para que nadie haga caso, como puede decirse en estas notas por quien no tiene autoridad, me permití decir que el sentido común más rudimentario aconsejaba la alianza con Alemania, como más conveniente á los intereses españoles. De modo que no se dirá que me apasiono por Francia. Ahora, cuando veo que el apasionamiento por Alemania llega hasta desconocer y negar todo valor positivo á la cultura francesa, creo que, por lo menos, debemos acordarnos de que lo que sabemos de Alemania lo sabemos por Francia. Con todos sus defectos y su influencia más ó menos funesta en nuestra política, en nuestras costumbres, en nuestro arte—y tal vez el pro contrapesara la contra,—todavía podíamos imitarla en mucho, que nos sería muy conveniente. Por ejemplo: en su patriotismo, no limitado al aspecto bélico. Bien haremos al no confundir en nuestra admiración á un Cousin con un Kant, á Corneille con Shakespeare; pero, ¿no es altamente plausible y no debiéramos imitar nosotros ese laudable afán de los franceses por elevar sus glorias y presentarlas rodeadas de todo respeto á la consideración de los extraños? Cierto que es más ocasionada al ridículo la exagerada admiración, y nosotros somos un pueblo serio, que, por salvarnos del ridículo, caemos en la odiosidad de rebajar y denigrarlo todo.