Otra de las especialidades del veraneo es, al derramarse por las varias regiones de España, los agricultores, que pudiéramos llamar de la cátedra; cuerdos en casa ajena que pretenden saber más que el loco en la propia.—Aquí tienen ustedes una riqueza sin explotar... Si se sirvieran ustedes de máquinas...

—Como no las despeñáramos por esos cerros—piensa el labrador socarrón.—Aquí tienen ustedes una riqueza en fruta. ¿Qué hacen ustedes con ella?—Nos la comemos.—¿Por qué no la exportan ustedes á Inglaterra?—Pues, ¡qué sé yo!

—¡Qué país éste! ¿Ustedes saben lo que pagarían por esta fruta en Londres?

El agricultor de gabinete, á los pocos días de regresar á la corte, recibe, muy bien acondicionado, un cajón de aquella riquísima fruta; la mitad llega para tirarla, y el viaje no ha sido muy largo. ¿No es ésta la mejor contestación á todos estos que quieren saber de la tierra y de sus productos más que sus cultivadores, que no se chupan el dedo, aunque otra cosa parezca, y saben muy bien dónde les aprieta el zapato?

Sí, algo hay que hacer por esos campos de España; pero ni es tanto ni lo que creen muchos que todo lo aprendieron en los libros. A la mayor parte de los campesinos, cuando van á enseñarles algo, ya están ellos de vuelta, y el viaje no ha sido muy fructífero. Y lo que dicen ellos: De consejos, la mitad en dinero.


XXVI