En las fiestas de Salamanca he podido apreciar los tristes efectos del absentismo. De las casas grandes, de linajuda nobleza, cuyas más saneadas rentas de Salamanca proceden, muy contadas han sido las que contribuyeron al lucimiento de las fiestas. Y digo yo, y decían muchos: «¿Qué mejor ocasión para un acto de presencia?» Son días en que los humildes, no sólo miran sin odio el lujo de los señores, sino que lo agradecen y lo admiran como un esplendor más de la fiesta. Son días de acortar distancias y de suavizar asperezas.

Las hermosas muchachas premiadas en el Concurso de belleza, las que vistieron los trajes clásicos de charra, tuvieron que pasear por la población en deslucidos coches de alquiler. ¿Para cuándo guardan los grandes señores de la provincia sus trenes de gala?

En la escolta de charros montaraces, que dieron guardia de honor á los príncipes de Baviera, faltaron los de casas muy principales. ¡Buen ejemplo para los de abajo!

¡Luego se quejarán del desamor de los humildes! ¡Pues qué!, ¿hacen algo por merecer su amor ó su respeto?

Hay altas posiciones sociales que imponen muy altos deberes. No es de los más penosos el de dejar, por unos días de fiesta en la provincia, alguna playa ó balneario del extranjero, donde, sin pensar, se va en la ruleta del Casino lo mejor de las rentas solariegas.

Los grandes señores han olvidado el arte de agradar, que, claro está, no es más que el arte de saber aburrirse. Pero ese arte es un deber de la nobleza y del dinero. Y ¡es un deber que está tan compensado! Siempre que procuramos agradar acabamos por ser agradables; y... cuando se es agradable, se está más divertido que nunca.


XXV

Bien pudiera algún predicador haber repetido las exclamaciones famosas de Bossuet, en los funerales de una princesa de Francia: «¡Madame se meurt!... ¡Madame est morte!» Las que pusieron espanto en aquel auditorio de príncipes y grandes señores de la Corte, al considerar cómo, en el breve espacio de dos exclamaciones, aun no vista llegar, pasó la Muerte. La Muerte niveladora, y, por serlo, el más cierto resplandor de la ideal Justicia sobre la tierra; el más seguro anticipo suyo para otra eterna vida. La Muerte, de quien otro poeta francés dijo: «Et les gardes qui veillent aux barriéres du Louvre, n'en defendent pas nos rois».