Hay un espíritu en nosotros que nada valdría si no fuera capaz de sobreponerse á los males del mundo.

Tened en cuenta que la mayor seguridad de que hay una Justicia y una Bondad infinitas está en que nuestro espíritu las comprenda y las desea, y que en nosotros hay poder para realizarlas, poder que Dios bendice desde el cielo, cuando cantan sus ángeles: «Paz en la tierra á los hombres de buena voluntad».


XXXIX[4]

Señoras y señores:

Fuera descortesía solicitar vuestra benevolencia. Al haberme designado para ocupar este puesto de honor, ya os anticipasteis á ofrecerme algo más: un cariño, al que sabré corresponder con toda la gratitud de mi alma, y una admiración, á la que ya no puedo aseguraros si sabré corresponder del mismo modo. Y, no por vanidad propia, creedme, para contento vuestro, hoy más que nunca quisiera corresponder á ella. Mas si en algo habíais de ser defraudados, antes prefiero que lo seáis por mi entendimiento que por mi corazón. Si el verdadero cariño es el que más perdona, y el más verdadero el que ni aun se cree en el caso de perdonar, porque ni advierte si hubo falta, mayor será mi agradecimiento cuanto más crea yo en conciencia que mucho habéis tenido que perdonarme; como perdona el noble, por natural nobleza, sin darme á entender siquiera cuanto habéis tenido que perdonar. En ocasiones como esta, os sentisteis entusiasmados y conmovidos por la palabra de elocuentes oradores; la palabra vibrante, con todo el calor del sentimiento, con toda la gracia de la espontaneidad. Hoy la palabra escrita llegará á vosotros apagada y descolorida. Hay de la elocuencia del orador, corriente de agua saltadora y libre, á estas mansas aguas aprisionadas, de la palabra escrita, la diferencia que hay, entre enamorados, de la declaración de amor trémula, que va de la boca al oído, mejor diré, de boca á boca, á la carta en que el amor se declara, con palabras muy comedidas, muy respetuosas, porque no están delante, al escribirlas, los ojos que niegan ó conceden licencia para mayor atrevimiento. Y, menos mal, si aunque cortés y fría, aun indica, por su misma timidez, la verdad del sentimiento, peor, si con frialdades retóricas, que quieren parecer apasionadas, dice bien claro que fué copiada de alguna novela ó más vulgarmente del secretario de los amantes. Yo no soy orador, ni soy elocuente. Aquí me tenéis con mi carta de enamorado tímido. Las hermosas jóvenes que me escuchan comprenderán mejor que nadie la verdad de esta comparación entre oradores y escritores. Habéis tenido novios orales y escritos. Porque habréis tenido más de un novio. No temáis que descubra aquí vuestro secreto. Las mamás no escuchan. Las mamás no escuchan nunca; sólo miran. ¿No lo habéis observado? Al despedirse algún rendido galán de ingeniosa charla, cuando las jóvenes encantadas dicen: ¡Es muy simpático!, cómo las mamás solo advierten: lleva muy rozados los puños ó tuerce los tacones. Es que las jóvenes escuchan hasta con los ojos; las mamás no escuchan, miran siempre, hasta cuando parece que leen un periódico ó que duermen. Y ¡qué bien hacen en mirar mientras escucháis vosotras! Porque su triste experiencia ve más lejos, porque el matrimonio de mañana y la vida de todos los días, tienen más relación con los puños rozados y los tacones torcidos que con las palabras seductoras, eterna letra sin sentido, de esa divina música del amor, con que la vida se burla eternamente, sin vencerlos nunca, del eterno dolor y de la eterna muerte. Pensaréis: ya pareció el escéptico, el ironista. Mal sientan ironías y escepticismo en fiesta de amor y poesía. Pero el escepticismo no es negación absoluta, es duda y nadie duda de una verdad aparente, si no lleva en lo más profundo de su alma el sentimiento íntimo, la limpia imagen de la verdad verdadera y con ella de lo que es bueno, y es bello, y es justo, y es noble, y es grande. El escepticismo es comparación y, naturalmente, todos los que quieren engañarnos quisieran que no hubiera comparaciones, que no fuéramos escépticos. Ya lo creo... ¡Qué ganga para los falsificadores de moneda si no hubiera moneda legítima para confrontarla...! Nunca veréis que el verdadero creyente se escandalice porque haya quien no crea santidad la hipocresía de muchos devotos por conveniencia. Nunca veréis que la verdadera caridad se alarme porque no tomemos en serio esas funciones y esas rifas benéficas organizadas por alguna Junta de señoras aristocráticas; esa caridad que no cuesta mayor sacrificio que enviar unas circulares á los amigos, lucir un lindo traje y leer después la revista de algún cronista de salones—acaso éste sea el mayor sacrificio—donde á vuelta de adjetivarlas á todas muy primorosamente, el propio cronista, con guante blanco y llave de aluminio, les abre de par en par las puertas del cielo. Pues á no creer en cosas como éstas se llama escepticismo. En cuanto á la ironía ¿qué es la ironía sino la bondad en la indignación? Vamos á indignarnos y nos entristecemos tanto que acabamos por compadecer y ni queremos entristecer compadecidos. Y así es la ironía... una tristeza que no quiere llorar... y sonríe... porque compadece y perdona. El escepticismo y la ironía son alas también del ideal, que, si no sirven para elevarnos á grandes alturas, como la fe y el entusiasmo, sirven para no tocar demasiado bajo en la tierra cuando á la realidad hemos de acercarnos. Pero, ¡no creer en nada! Eso sólo es posible cuando hemos dejado de creer en nosotros mismos. Cuando nada bueno hallamos en nosotros, es cuando podemos decir: todo es malo; porque es nuestra alma como nuestros ojos, que al asomarse á otros ojos lo primero que en ellos vemos es nuestra propia imagen... Pero el bien existe mientras el sentimiento del bien esté en nosotros, aunque no seamos capaces de realizarlo por imperfección de nuestra voluntad. El amor existe mientras seamos capaces de amar, aunque nadie nos ame. La verdad es, mientras nuestra razón no llegue á persuadirse de que son verdades, todas las mentiras con que nuestros intereses y nuestras pasiones y nuestras cobardías procuran engañar á nuestra conciencia. En nosotros está nuestra vida y está nuestra muerte y está lo que más importa, nuestra eternidad, siempre que nuestra conciencia esté sobre todo. No hay que pedir fuera de nosotros mismos esa satisfacción del premio y del castigo, buena para desenlazar melodramas y folletines. Ved, en las grandes tragedias de Shakespeare, la más amplia concepción de la humanidad que produjo el arte. En ellas, como en la vida, el dolor, que pudiera parecer castigo, cae por igual sobre los buenos y los malos, con más ciega fatalidad que en la tragedia griega. El poeta mismo, tal vez espantado de no percibir en la tierra un resplandor de justicia divina, llega á exclamar: Como las moscas para los chicuelos traviesos, somos los hombres para los dioses; nos matan por divertirse... Pero él sabe que sobre el terrible juego de los dioses, si eso fuera, está siempre la idea de justicia en nuestra conciencia, más alta que los mismos dioses. Cuando envueltos en la misma trama de maldades mueren con muerte violenta el infame Yago, el apasionado Otelo, Desdémona sin culpa; aunque la fatalidad del destino sea para los tres dolor y muerte, ¿no es verdad que nuestra conciencia basta para decirnos, aunque el poeta no lo diga, que es infierno y condenación la muerte para Yago, el que solo vivió para su egoísmo, y es muerte animal, muerte de fiera, la de Otelo, el que amaba mucho pero no amaba bien, porque sólo amó por instinto, y es gloriosa la muerte de Desdémona, la inocente, la que culpada no supo hallar más que sencillas disculpas porque las razones de la virtud son sencillas siempre? Y de los tres, aunque solo Yago, por crueldad del poeta, hubiera sobrevivido y triunfado de todos... ¿Quién quisiera ser Yago? No hay víctima inocente que quiera cambiarse al sucumbir por su verdugo triunfante. El que hace bien ni sabe decir por qué lo hace; el que hace mal, ved cómo busca explicación á su conducta; más que convencernos necesita convencerse á sí mismo de que hizo bien, tan cierto está de que hizo mal. Y es que toda la maldad de los malos quizás llegara á suprimir el bien sobre la tierra, pero no la justicia. Cuando todos los buenos fueran desdichados, no habría un solo malvado que fuera dichoso. El mundo moral está regido por rigurosas leyes mercantiles; todo valor recibido representa el mismo valor abonado. Tal vez recibimos mal por bien, bien por mal de quien no lo esperábamos. Es que el bien y el mal que hicimos son créditos transferibles; cobramos ó pagamos unos por otros, pero al cabo de cierto tiempo todo está satisfecho. Vuelve el mal al mal, el bien al bien; la moneda tal vez es distinta, el valor es el mismo. El malvado parece hombre dichoso, está alegre... No os engañéis. Impunes todos sus delitos que escaparon á las leyes humanas, absuelto por todas las indulgencias, ó descreído de la justicia de los hombres como de la justicia de Dios, sin temor á nada ni á nadie, hay siempre en el fondo algo que tiembla... En la mayor tristeza del justo, abrumado de todos los males, sobre todas las negruras que pudieran obscurecer su conciencia, hay siempre una serenidad de cielo, que ya sería el cielo aunque otro cielo no existiera... Es tan mezquina nuestra idea de la eternidad, que no podemos concebirla sin que de ella forme parte lo que más nuestro nos parece, por sentirlo más cerca de nosotros. Esto es, nosotros mismos; esta mezquindad, esta limitación que es nuestra persona, un nombre propio, una percepción reducida en una reducción del tiempo y del espacio. Esperamos que la otra vida sea... casi como esta vida, otra vez nuestra vida; un lugar de reunión en que hemos de saludar á la familia y á los amigos por sus nombres y aun hemos de continuar murmurando de sus asuntos y preocupándonos por nuestros negocios. ¿Qué eternidad sería esta? Eternidad es no saber de nosotros mismos; porque la eternidad no es material ganancia. La riqueza de nuestra vida no será lo que hayamos atesorado, sino lo que hayamos repartido. Vivirá de nosotros lo que de nosotros hayamos dado; más se encontrará de nosotros cuanto más hayamos perdido. Y ¿cómo hemos de entregarnos, cómo hemos de perdernos? ¿Dónde hallaremos nuestra eternidad, que por serlo del todo, ni podremos decir que es nuestra? En el amor y solo por el amor. Religión, Ciencia y Poesía; los tres más claros luminares de nuestro espíritu, nos esclarecen el camino del Bien, de la Verdad, de la Belleza, que es el camino de la eternidad del espíritu. Amar inmensamente, amar infinitamente: ascender por escala de amor desde el instinto á la inteligencia, de la inteligencia á la divinidad. Hablemos sólo de la poesía... Sabio es el lema tradicional de su torneo: Fe, Patria, Amor. Amor todo. Amor, primero instinto; forma ya menos egoísta del instinto de conservación, del miedo á la muerte, de su instintivo horror en toda criatura... Siente el hombre que ha de morir y siente la necesidad de prolongar su existencia en la prole, carne de su carne, vida de su vida. El amor es todavía instinto... Después, siente que la conservación de la prole le impone sacrificios, ha de defender á sus hijos, ha de cuidarlos... Empieza el deber. Este deber se limita á la familia, todo lo más á la tribu... los otros hombres son... el enemigo, el extraño... Pero el estado de lucha no puede ser constante... Se pacta con la tribu vecina, tal vez para combatir contra otra tribu más fuerte, tal vez porque la paz permita el trabajo del campo, la quietud doméstica. Empieza la amistad. El hombre, por su propio interés, se desinteresa ya en algo de sí propio y de los suyos. Y al acercarse al extraño, que fué su enemigo, tal vez se encuentra en él, porque el extraño también tiene hijos, también los cuida y los defiende. Y empieza la simpatía, y tras la simpatía, que es amor, la inteligencia. Sí; tan una es la inteligencia con el corazón que no podremos nunca entender lo que no hemos sentido. Una vida de estudios y de meditaciones no dará tanta luz á nuestra inteligencia como una hora de amor. Cuántas veces nos sucede sentir por alguien una antipatía invencible. Fulano es un ser odioso, insoportable; le oímos hablar y sentimos la necesidad de llevarle la contraria, por poco le mataríamos. Y aquel hombre odioso, antipático, llega un día á nosotros con cara triste; habla de sus penas, tal vez perdió á su madre, tal vez á su hijo, tal vez fué víctima de una crueldad, de una injusticia de los hombres. Ya le escuchamos conmovidos; aquel hombre es un hombre como nosotros, aquella pena ha sido nuestra alguna vez, puede volver á serlo, no es una pena extraña, es una pena de nuestro prójimo. Ya no parece aquel hombre tan odioso ni tan antipático, ya es nuestro odio lo que nos parece injustificado. Y así todo se entiende cuando la simpatía nos acerca... La virtud y sus más altos heroísmos, como el vicio y el crimen. Hay en todo ello algo humano que puede ser también nuestro. Para el amor no hay nada extraño ni nada incomprensible. Yo he oído á una desdichada mujer, amante de un verdadero monstruo, un criminal rematado de presidio: Me dicen todos por qué quiero á este hombre tan malo; pues porque para mí no lo es, y si es malo para todos y para mí no, señal de que á mí me quiere más que á nadie en el mundo. Y era verdad, solo que ella equivocaba la razón de su cariño; porque aquel hombre también era malo para ella, pero era ella quien le quería más que nadie en el mundo, y aquel amor de mujer era bastante para vestir de luz el alma del criminal, como de luz resplandecían las llagas de los leprosos al posarse en ellas las manos de azucena de la Santa Reina Isabel de Hungría. Milagros del amor, acaricie leprosos ó criminales; milagros del amor, sobre todas las miserias del alma. Nunca tuvo más hermoso gesto el Cid Castellano, que al tender la mano sin guantelete al lazarino hundido en el fangal. Como esa mano entonces y tantas manos de mujeres divinas y de santos gloriosos, fueron las que vistieron en la Edad Media las armaduras de sayales, los sayales de armaduras, en aquella empresa de bárbara grandeza, que fueron las cruzadas y el incesante guerrear de los cristianos contra los infieles. Y ved también cómo lo que empezó en odio y en guerra, fué origen de civilización y de tolerancia, que si el Occidente y el Oriente guerrearon, también se conocieron y también llegaron á amarse y los poetas cristianos cantaron gentilezas y amores y bizarrías de los infieles, y los poetas orientales hazañas milagrosas, noblezas de corazón de los cristianos. Y sobre el sentimiento de Patria y el de Religión, surgió el de Humanidad... Y prendiendo sus alas de luz en el espaldar de las corazas, el espíritu alboreaba... Aun alborea. No hay que desesperar porque tarde en brillar el día. ¿Qué importa la tardanza de siglos en las auroras del Espíritu si amanece para la Eternidad? El amor á la Patria es primero instinto también, es el amor á la tierra, al campo que el hombre labra con su trabajo; la Patria es la parte de tierra necesaria á la subsistencia del hombre y de la prole, es el terreno en que ha de afirmarse la perpetuidad de la raza. Después van despertándose emociones; recuerdos de horas felices, recuerdos de días gloriosos. El espíritu de la Patria surge; van quedando más hondas las raíces y elevándose más aéreo el ramaje, y en la rama hay flor, y en la flor aroma. La Patria va teniendo conciencia y se constituye como Estado, que es ya la Patria inteligente. La raza aspira á realizar el bien, la justicia. A la venganza se sobrepone la ley y á la ley el perdón, que es tal vez la más segura justicia. Por el amor á la Patria comprende el hombre como debe respetarse la Patria de otros hombres; como por el amor á sus hijos comprendió cómo era respetable el amor de otros hombres á los suyos. También en otras Patrias hay campos labrados con pena, y hay hogares de amor, y en torno abuelos y nietecitos, y recuerdos de días felices y gloriosos, y tierra que cubre los restos de muertos llorados. Y la simpatía va de unas Patrias á otras, y contra el combate injusto la conciencia universal protesta como contra una lucha fratricida. No es decir que toda guerra sea injusta. Hay guerras inevitables; cuando una nación, un Estado constituído, olvida, egoísta, las relaciones de amor y de justicia con otros Estados; cuando un pueblo bárbaro, todavía de instinto, opone tenaz resistencia al avance de la civilización, precisa es la guerra, como es preciso limpiar de salteadores los caminos. Si por ambición personal de un tirano, como Napoleón; si por codicias de una oligarquía; si por intereses egoístas de un pueblo entero el camino de la civilización se dificulta, deber es de las naciones inteligentes, de las que no descendieron de su elevación espiritual, combatir contra los merodeadores. La guerra entonces es justa y es legítima, como lo fué nuestra guerra de la Independencia, hoy conmemorada entre vosotros en una de sus más gloriosas y decisivas batallas, en que la conciencia de tres nobles pueblos se unió contra el instinto de un gran ambicioso, de quién apenas desaparecido, ya preguntaba el poeta: «Fu vera gloria, Ai posteri l'ardua sentenza». La posteridad ha sentenciado. Todos los arcos triunfales, todas las columnas, todos los monumentos alzados en su honor por el pueblo cuyo nombre usurpó para imponer sus ambiciones personales como aspiración nacional, no hablan tan alto de justicia como cualquiera de esos humildes campos aldeanos, cuyos terruños, nutridos con la sangre de sus labriegos, que supieron morir gloriosos sobre la misma tierra que cultivaron humildes, levantan las espigas de sus mieses, como si protestaran de haber sido pisoteados por el extranjero. Extranjero de espíritu, que extranjeros eran también por la Patria y no lo fueron al pelear con nosotros en nombre de la justicia y del Derecho atropellados, los nobles ejércitos de Inglaterra y de Portugal que en España y por España combatieron. Si necesaria es en ocasiones semejantes la solidaridad de naciones alejadas por la distancia, unidas sólo por el sentimiento, ¿qué debemos pensar de esas demencias separatistas que pretenden la desunión en un Estado inteligente para volver á la Patria primitiva del instinto? ¿Empequeñecer la Patria que antes debe tener por aspiración constante destruir fronteras por el amor, que levantarlas por el odio? Si una Patria se perdiera y hasta el recuerdo de todas sus tradiciones y todas sus glorias, por realizar mejor la justicia al fundirse con otras naciones, para constituir un Estado más perfecto, más apto para realizar la justicia... bien perdida estaría; nunca había realizado mejor el destino de su eternidad. ¿Y qué decir de esos que en nombre de la Patria son constantes perturbadores del Estado? ¿Qué les impide aportar su concurso inteligente á mejorar lo que sólo por solicitud amorosa de todos llegará á ser perfecto? ¡Ah, no están conformes con la forma de gobierno! ¿La forma? ¿No les dice bastante esta palabra? ¿Hay alguna forma de Gobierno en los pueblos modernos civilizados que se oponga á la realización de los más altos ideales de justicia? Todo será saber imponerlos y por el odio nada se impone. ¡Ah, cuantas de esas brillantes inteligencias servirían mejor á la Patria trabajando más por ideales de fondo que por ideales de forma! ¿Qué importa el metro en que se versifica si la poesía es buena? Cuánto mejor fuera que muchos de esos halagadores de instintos despertaran inteligencias dormidas, y mejor que á prometer bienaventuranzas que ellos son los primeros en saber que no consisten en cambiar de régimen, en vez de decir al pueblo mentiras de la República fueran á los palacios á decir á los Reyes, cara á cara, sin grosería pero con entereza, verdades de la Monarquía... ¡Ah, ese amor á la Patria que lo pide todo de los demás y nada ofrece por cuenta propia! El que no lee, pide que se estudie; el holgazán, que se trabaje; el falsificador, que no se engañe. El padre que no supo educar á sus hijos, se lamenta de la falta de escuelas. No: en la escuela, en la Universidad, ilustran los maestros, los libros. Educar sólo educan los padres. Y no con palabras que se contradicen después en las acciones, sino con ejemplos. Por eso son tantos los padres que dicen: Que vayan al colegio estos chicos, hay que educarlos. Saben que ellos no los educarían nunca. Y cuando no se educa á la Patria en nuestros hijos, cuando nada hacemos por ella en nuestra propia casa, queremos que los gobiernos trabajen por los que no trabajan, estudien por los que no estudian, piensen por los que nunca pensaron, tengan una conciencia que nadie tiene. Nadie barre la puerta de su casa y nos quejamos de que la calle esté sucia. Pedimos gobiernos inteligentes. ¡Felices los pueblos que pueden ser gobernados por tontos! Y ahora, ved otra grave falta de educación. Si preguntáis al pueblo para qué sirve el Ejército, os dirá: para hacer la guerra. Así lo aprendió, así se lo dijeron. No fuera mejor decirle: el Ejército sirve para mantener la paz. El Ejército es la fuerza, sí, pero es la fuerza á la orden de la razón y de la justicia. No es amenaza, es seguridad. Si le juzgáis improductivo en su acción, no veis que es todo vigilancia y la vigilancia no es nunca ociosa aunque parezca improductiva. La espada del Ejército, como la espada de la justicia, vela sobre vuestros campos, sobre vuestros talleres, sobre vuestros amores y vuestros ideales; sobre las codicias de fuera y las traiciones de dentro. Desconfiad de los que dicen: ¿para qué tanta fuerza, para qué tantas precauciones? El que nada intenta contra la seguridad de un domicilio, no se ofende si al llamar á la puerta observa que le miran por el ventanillo. Sólo á la gente maleante le parece que sobra la policía. Hasta del cielo cristiano, mansión de amor, donde la fe del creyente ó la imaginación del poeta asientan todos los ideales de perfección, se dice que hay milicias celestiales. Hasta la justicia y el amor divino afirman el santo temor de Dios entre espadas flamígeras de arcángeles. Aun no ha llegado el día en que la inteligencia sea tan natural en los hombres como el instinto, cuando todo instinto animal se haya espiritualizado en la conciencia de nuestra eternidad. La fe religiosa del hombre es también instinto al despertar. Es anhelo angustioso de no morir para siempre. El hombre mira dentro de sí y halla una vida interior que es algo que no palpan sus manos, ni ven sus ojos: es el pensamiento que vive en todo él y no está en parte alguna de su cuerpo. No es el latir de su corazón, ni es el golpear de su cerebro, es algo sutil, algo impalpable. Cierra los ojos, y le parece que ha muerto al cerrarlos á la visión de cuanto le rodea y su pensamiento vive todavía, dormido sueña... No hay duda, el pensamiento es la parte inmortal de su ser. Morirá, pero seguirá pensando siempre. Y su pensamiento sueña con una eternidad de vida. Vivirá eternamente, pero ¿dónde vivirá? Y sus ojos entonces se vuelven adonde el horizonte es limitado, al misterio insondable de los cielos donde todo habla eternidad. Y allí va su esperanza y allí pone su fe. Después, aquel cielo ignorado va poblándose de imágenes ideales. Primero, para el hombre de instinto, hay un Dios de venganza; después es un Dios de justicia, después un Dios de misericordia, un Dios que por amor se hace hombre y siendo todo sabiduría y todo poder, no quiere juzgar á los hombres sin haber padecido todo el dolor de la humanidad. Y padece como si no supiera. El, que todo lo sabe, que es un Dios quien padece y puede sobreponerse al dolor. ¡Hermosa verdad para el creyente! ¡Hermoso símbolo de la verdad para los descreídos! Al expirar en la cruz, al gemir como una pobre criatura humana, ¡Padre mío! ¿por qué me has abandonado? Habrá quien dude de que Dios pudiera nunca hacerse hombre; no habrá quien dude de que en aquel instante, crucificado por amor á todos los dolores de la carne y á todas las tristezas del alma, el hombre se hizo Dios. Y nunca alboreó la aurora del espíritu como al morir un Dios crucificado, señalando á los hombres el camino de nuestra redención y nuestra eternidad. Poetas, reina, damas gentiles, señores todos: vuestro corazón sea conmigo, el mío es con vosotros. Nada más.


XL[5]