D. Enrique Vargas, en la redondez del mundo; Minuto, en la redondez de las plazas, publica un reglamento de apuestas, con aplicación á las corridas de toros, que vendrían á competir de esta suerte con los frontones, hipódromos, casinos veraniegos y círculos aristocráticos. Los verdaderos aficionados pondrán el grito en el cielo, al saber cómo intenta desnaturalizarse nuestro castizo espectáculo; el más típico ejemplar de arte por el arte mismo; estética pura.
Mal síntoma es, en verdad, que ya sea preciso aderezar el filete, como si lo sangrante no le bastara, con esta salsilla picante. Y peor síntoma que haya sido un lidiador el primero que lo proponga; porque indica cierta desconfianza en los propios recursos para amenizar la fiesta.
No es decir que ya no se haya puesto en práctica lo que ahora se pretende. Recuerdo haber jugado varias «poules» en corridas de toros, en que había de ganar el agraciado con el toro que más caballos destripase. Recuerdo también, que para mayor aliciente, jugábamos alguna vez una «poule» ilustrada, en las que un picador cogido valía por un caballo, un banderillero por dos y un matador por cuatro. La equivalencia, como puede juzgarse, era por sueldos. Esta última combinación en las apuestas hubo de suprimirse á ruegos de una distinguida señora, abonada á delantera de grada; porque, según nos dijo aquello le parecía una barbaridad, porque cuando el toro que se jugaba no había matado ningún caballo, no podía uno evitar el mal pensamiento de desear que cogiera á alguien, aunque no fuera más que un rasguñito, claro está... Todos los jugadores convinimos en que, efectivamente, se sentía uno bárbaro, y suprimimos la «poule» ilustrada. Nos sentíamos compasivos y era de ver cómo, en nuestro toro increpábamos á los monos sabios porque no daban la puntilla en el acto á los pobres caballos heridos... ¡Era una crueldad verlos padecer! El corazón humano guarda tesoros de bondad incalculables; todo está en saber llegar á su fibra sensible.
XI
Por mi parte, no sé cómo corresponder á la atención del nuevo jefe superior de policía. Su reciente circular, encaminada á la represión de la blasfemia, trae, á modo de brindis, ofrecimiento ó envío, como en balada antigua ó modernista—los extremos se tocan,—los nombres de D. Mariano de Cávia, el mayor maestro, y el de este su menor discípulo. Y ya quisiéramos ¡pardiez! á tan poca costa, ser siempre atendidos en empresas de mayor empeño; porque, en verdad, si no da muy buena idea de la cultura de un pueblo, ese verdadero derroche de torpes vocablos y groseras frases y, repetidas veces, en cuanto al teatro se refiere, he censurado el abuso de chulerías; de eso á pedir la intervención de la autoridad, hay un abismo; temible siempre, como lo es toda intervención de la autoridad en España.
La grosería en el lenguaje, es sólo síntoma de la grosería espiritual, que podrá taparse, pero no desaparecer con cataplasmas y parchecitos. Buenos reconstituyentes y depurativos á cargo de padres, maestros y educadores, han de ser más eficaces y procedentes.
Entre tanto, sería de lamentar para nosotros, de reir para todos, que, los mal supuestos inspiradores de la circular, fuéramos los primeros en caer bajo su peso. ¿Quién puede responder de su pícara lengua en cualquier momento? Y que, hay días, la verdad, en que sin dos ó tres palabrotas bien colocadas, reventaría uno. Los fisiólogos saben que esto de blasfemar y palabrotear, no tiene muchas veces más importancia que la de cualquier otra necesidad fisiológica: una expansión de los nervios, un escape de energías en palabras rimbombantes que acaso no tienen más valor que el puramente onomatopéyico.