La otra pequeña atrocidad es la siguiente: El criterio para retirar las obras del cartel no será otro que el ingreso en taquilla. ¿Sí? Pues ¡vive Dios! que para eso no hacía falta teatro subvencionado, y ese criterio es el de cualquier empresario negociante y aun no tan á punta de perro chico. Según ese criterio, muy expuestos estarán Lope de Vega, Calderón y el mismísimo Shakespeare, á tener que ceder el sitio más que á paso á cualquier bufonada ó melodrama de público. Todos creíamos que, justamente, la subvención sería para eso; para imponer una obra de arte, cuando el dinero del público no bastara á sostenerla.

Con ese criterio, el Museo de Pinturas ya debiera de estar cerrado ó haberse sustituído por un «cine»; ¡si se fuera á juzgar del mérito de Velázquez por el número de entradas vendidas para ver sus cuadros!

Claro es que no hay autor vivo que no crea sus obras del más soberano arte, y todos pretenderían verlas perpetuarse en el cartel, á costa del Estado. El criterio del ingreso es el más seguro... La obra de usted es una obra de arte, pero no da tres pesetas... ¡Mal, muy mal van á pasarlo nuestros clásicos, con Shakespeare, Molière, Ibsen, etc., en el nuevo Teatro Español!

Los vivos, los verdaderos vivos, menos mal, ya se ingeniarán para tomarle el aire al abono, al público y á la dirección artística; y el teatro subvencionado será... un teatro más. Y es lo menos malo que puede sucederle.

Conste que en nada de lo dicho, hay el menor deseo de destripar el cuento. Muy pocos se habrán interesado, mejor dicho, desinteresado tanto como yo, por el nuevo teatro. Por lo mismo, quisiera verle nacer en las condiciones más viables y, si de mí dependiera, su vida sería larga y próspera. ¿No es de agradecer todo esto? Porque, en fin, que recen y practiquen los creyentes, que algo esperan, después de todo, bien está... Pero, ¿los que no creemos y rezamos? Y eso me pasa á mí con el Teatro Español... ¡Á ver si no es virtud!


XVIII

Si en casa del jugador poco dura la alegría, en casa del aficionado á toreros aun suele durar menos. Es tan natural orden de la vida una alternada distribución en los sucesos, que las rachas son algo extraordinario, y el jugador prudente se atiene en sus combinaciones al más probable «tierce á tout»; dejando lo de jugar á la repetida para el jugador de fortuna, siempre en espera de lo inusitado y fuera del orden.