Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un elogio—algo del momento—. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos sólo querían una mentira.
Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es de temer que empresarios, artistas, la Sociedad de Autores, España entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad de esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande. Suspendida quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del maestro; contratiempos de todo género impidieron las representaciones en esta temporada de Margarita la Tornera... Es empeño de honra vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable de la muerte, que sólo el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte. Pero ¿habremos olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde? Cosa sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer á la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran artista, al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es posible que hubiera dejado una sombra de odio ni de envidia.
XI
Pasó Marta Regnier con su compañía y su ligero repertorio, por el escenario de la Comedia, sin dejarnos honda emoción de arte ni de belleza. Nos sentimos un poco orgullosos, porque ni actores ni autores españoles podíamos temer la comparación. Sólo envidiamos lo selecto de la concurrencia y sus manifestaciones de agrado, no tan fáciles de obtener para los de casa.
Marta Regnier es... un bonito artículo de París; de esos que entre directores de teatro, autores y críticos suelen fabricar allí para admiración de provincianos y de extranjeros. Además, en París les parece joven, y lo es, comparada con Sarah, la Bartet, la Rèjane, la Hayding y demás grandes estrellas del Teatro francés, admirable museo de antigüedades.
Los actores franceses tienen el defecto general de ser demasiado actores. Todo es estudio y composición en ellos. No os sorprenderán nunca con una incorrección, con un desentono. En las actrices es también defecto empachoso que siempre han de parecer cocottes. Sólo Mme. Bartet y Mlle. Reichenberg han tenido aires de gran señora y de señorita en la escena. Algo también la Brandés, y en la extraordinaria Sarah, el arte supremo lo idealiza todo, dándonos la sensación, como dijo Lemaitre, de una mujer extranjera en todas partes, una mujer de raro exotismo, que viene nadie sabe de dónde y vuelve á otra región que ignoramos. Las demás, la cocotte, la eterna cocotte, creación artificial de una literatura dramática que necesita para sus combinaciones, figuras femeninas convencionales, como lo fueron la cortesana del teatro latino y la dama de nuestras comedias del teatro antiguo.
Al mismo género pertenecen la jeune fille de los ingenuos descocos, la casadita de los peligrosos flirts, la divorciada andariega y la viudita joven y experimentada de casi todas las comedias francesas modernas. Triste idea darían de una sociedad, si no supiéramos que el teatro fué siempre, en arte, la última y más irreductible trinchera de lo falso y lo convencional. Ni Francia, ni París mismo, ni su sociedad, ni sus mujeres, ni sus maridos, son eso ni pudieran serlo.