¡Eterno vaivén de las cosas del mundo! El rompecabezas, el arrinconado juguete de los tiempos de nuestra infancia, es ahora el juguete á la moda, y no para niños, sino para mayores, y muy mayores, y en tertulias de gran señorío y respetabilidad. Verdad es que el juguete viene ahora de Inglaterra con el nombre de Puzzles.

Yo no sé si será muy divertido, ni de qué otra diversión podrá ser pretexto; porque yo no me fío de estos juegos de sociedad, casi siempre de carambola y por tabla. Parece que se divierten con una cosa y es con otra.

Lo que sí sabré decir es que, este juego del rompecabezas, es de un gran simbolismo. ¿Es otra la tarea de nuestra vida, que ésta de ir juntando, para componer algo, los pedazos de nuestro corazón, de nuestra inteligencia?

Los antiguos rompecabezas llevaban el modelo para facilitar la composición; estos de ahora son imprevistos. Y hasta en eso se ve cómo procuran simbolizar la vida moderna. Va uno juntando pedazos y pedazos, sin saber si será una marina ó un paisaje, un apacible cuadro de familia ó una terrible batalla, lo que al fin resulte. La sorpresa es el mayor encanto. Así vivimos: juntando pedacitos de nuestra vida, sin saber lo que será el cuadro de nuestra vida; sin modelo que pueda orientarnos. Rompecabezas es el juguete: si ponemos en él toda nuestra ilusión, bien pudiera llamarse ¡rompecorazones!


XIII

Somos los españoles como nuestros vinos: ganamos transportados. El que aquí malgasta lo mejor de sus energías en luchar contra el medio ambiente, fuera de aquí, aun contra las dificultades que á todo extranjero se oponen en todas partes, logra vencer y afirmar su personalidad. Por eso fuimos pueblo de conquistadores, y si perdimos todas nuestras conquistas, no fué por no haber sabido hacer nuestras las tierras conquistadas, sino tal vez por haberlas hecho demasiado nuestras. Parece paradoja, pero es lo cierto que América dejó de pertenecer á España por haberla hecho demasiado española. Somos gente poco de casa. Cuando no aspiramos á conquistar el mundo, aspiramos á ganar el cielo. De nosotros pude decirse, como en aquella antigua canción tan nuestra:

«Fuí al mar,