—¿Ha visto usted el sombrero de las mil pesetas?—Aquí no puede decirse del ala, suponemos que entrará todo en el precio.

—¿Mil pesetas un sombrero? Será una tiara.

Aquí sólo algunas señoras de esas que andan ahora tan ajetreadas y todo el año tan trajeadas, puede gastarlos parecidos. Los célebres sombreros de la Maison Virot—hoy dividida en dos razones sociales,—una monada de sombreros, se han cotizado siempre entre los 300 y 500 francos. De esto sé yo una barbaridad; si supiera tanto de otras cosas, hubiera llegado á ser algo. Con el tamaño sobrenatural de los de ahora, no es extraño que suban el precio. Sólo de plumas hay sombrero que se lleva en el adorno un avestruz entero. De modo que, para pagarlo, hay que desplumar por lo menos otro ó poner á contribución toda una manada: á este una pluma, al de más allá otra... Pero ¡si estaremos desquiciados! El otro día, mientras dos señoras iban hablando por la calle, muy acaloradas, de las cuestiones políticas y religiosas de actualidad, pasaron dos curas, y ¿de qué creen ustedes que iban tratando? Del sombrero de Ursula López. ¿Se convencen ustedes, señoras mías, de que no peligra nada fundamental?


XXII

No es cualidad española el proselitismo. Nos damos tan mala maña al sostener nuestras ideas y doctrinas, que sólo sabemos exponer lo esquinado con toda su hiriente dureza, en vez de suavizar las aristas con blandas redondeces. Más prontos al brusco ataque que á la serena defensa, aún no hemos llamado con nuestra voz cuando ya hemos espantado con nuestros gritos. Hablamos para los nuestros, que son los que menos necesitan oírnos. No es á los que piensan como nosotros á los que importa convencer, sino á los que piensan del modo contrario.

Tuvo su mayor enemigo el socialismo en la vulgar opinión obstinada en confundirle con el anarquismo. Empezaba á desvanecerse la confusión; los más temerosos iban perdiendo el miedo; se presentaba la ocasión para no dejar sombra de esos infundados temores. Al socialismo podrá faltarle en mucho tiempo, para ser realidad posible, la base de bondad humana que presupone su soñada organización social. Esta es su mayor equivocación: suponer que una nueva organización social pueda ser causa de una nueva condición humana, cuando sin duda es todo lo contrario. Sin mejorar al hombre, ¿cómo es posible mejorar la sociedad? Ni las instituciones ni las leyes son varas mágicas de virtudes. Pero, en fin, cuando los hombres sean mejores, por selección natural ó por cultura artificial y científica, el socialismo se impondrá por sí solo, que es el modo mejor de imponerse sin imposición. Entretanto, y hay tiempo para ello, más conviene que crean en nuestra bondad que en la bondad de la idea. El guía de los socialistas en España, al sentarse por primera vez en el Congreso, debió procurar ante todo que el enemigo, el contrario, esto es, el buen burgués, acabara de perder el miedo, tranquilizándose, en comunicación directa con el fantasma, que no es cosa del otro mundo, aunque puede serlo de otro mundo... Porque, si el buen burgués no se convence, ¿qué piensan hacer con él los socialistas en el día del triunfo? ¿Aniquilarle? ¿Someterle como á siervo ó esclavo? Siempre vendríamos á parar entonces en que media humanidad seguiría fastidiada por la otra media; y el ideal socialista es la felicidad para todos, que lo de ser unos felices y otros desgraciados, y cada uno á ratos, es ya cosa resuelta desde que se organizó la primera tribu. Al socialismo hemos de ir todos sin violencia, por inclinación natural; su doctrina ha de ser de amor, y no de odio; atrayente, y no repulsiva. Bien está descubrir nuestras humanas debilidades ante los amigos y los convencidos. Para algo son amigos y están convencidos. Pero ante los contrarios hay que mostrarse en la más divina apariencia; de otro modo, más vale seguir oculto entre nubes. El socialismo iba ya pareciendo al medroso burgués cosa distinta del anarquismo. ¿No ha sido una imprudencia volver á la confusión y al equívoco? Mal predicador el que sólo consigue hacerse oir de los creyentes; á los descreídos, á los descreídos es á los que hay que llamar y convencer. Pero ¡ay!, ya lo dije, el proselitismo no es cualidad española.