—Gracias—dirán las favorecidas.
¿El matrimonio con el empleado con 1.500 pesetas ó el jornalero con tres pesetas?
—Muchísimas gracias—volverán á decir.
Lo mejor que pueden ustedes ofrecerlas es un convento, como Hamlet á Ofelia.
Y estos pícaros Gobiernos democráticos, con eso del «candado», no se preocupan más que de cerrar puertas sin abrir otras para dar salida á las pobres mujeres. Lo que dirá alguna, parodiando la altiva divisa de las Rohan: «Casada no puedo; trabajar no quiero... «blanca» me quedo.» Pero se están poniendo las cosas de un modo, que ni ese recurso les va á quedar á las pobrecillas.
El Ayuntamiento de Valencia ha desairado á los poetas, oponiéndose á la celebración del Congreso de la Poesía. ¡Gran injusticia! Pues no sabemos que ese Congreso reuniera menos condiciones de inutilidad que cualquiera otro de tantos Congresos como se reunen, á todas horas por esos mundos. Y ¿no es la inutilidad la primera y más estimable condición de estas juntas?
¡Quién sabe si de éste hubiera salido algo práctico, por andar todo al revés en estos tiempos! ¡Tantos Congresos, de los que se esperaban grandes resultados prácticos, han venido á diluirse en la más vaporosa poesía!
Pero bien empleado os está ¡oh, poetas! ¿Quién os manda poneros al habla con Corporaciones oficiales de ninguna clase? Y ¿qué íbais á hacer en Valencia, después de los cortesanos? ¿No sabéis que por donde ellos pasan ya no quedan flores, ni halagos, ni atenciones para los poetas? ¿Sabéis guiar un automóvil? No; porque ni habéis tenido nunca dinero para comprar uno, ni tenéis amigos que los posean. La gente adinerada no se trata con los poetas. Entonces... ¿qué íbais á pintar en Valencia? Ya iréis cuando tengáis más dinero. Para eso, dejaros por algún tiempo de hacer versos; haced algo más, como los poetas de... otras partes.