XXXVIII

Es sabido que, á la entrada de todos los inviernos, las señoras hablan de los vestidos que han de encargarse; los empresarios de teatros, de las obras con que cuentan, y los gobernadores de Madrid, de la extinción de la mendicidad. De todos estos programas, el único que suele cumplirse, y con creces, es el de la indumentaria femenina, dicho sea en honor de la mayor constancia del sexo débil en sus propósitos y determinaciones. Los empresarios estrenan lo que pueden, que no es siempre lo que quisieran; en cuanto á la extinción de la mendicidad... no pasa de conversación en que luce el ingenio de unos cuantos arbitristas, verdaderos ángeles de la caridad... con el dinero ajeno. Y he aquí la primera dificultad en estas andanzas benéficas: que todos piensan el mejor modo de sacar los cuartos á los demás y nadie quiere sacar un céntimo de su bolsillo. Por lo pronto, el señor gobernador había pensado en añadir un nuevo impuesto sobre las localidades de los teatros, por ser cosa de lujo y nada necesaria, en opinión de dicha autoridad. En efecto, así como indispensables para la vida... Pero si argumentamos en lo necesario, ¿son tantas las cosas, en verdad, necesarias? Tal vez no lleguen á la media docena, y tal vez no estén entre ellas los gobernadores civiles. Considerando el teatro por la parte del público, sí que es un lujo bien innecesario, como tantas otras industrias, si sólo atendemos á los que se gastan el dinero en disfrutar de los productos y no á los que se ganan la vida trabajando para producirlos. De un lado está el lujo; de otro la necesidad... ¡Habría que ver los apuros del señor gobernador si en un día todos los empresarios de Madrid acordaran suprimir ese lujo, cerrando todos los teatros! No serían las damas elegantes ni los caballeros distinguidos, ciertamente, los que irían en manifestación lujosa á pedirle solución al conflicto; la gente adinerada es la que mejor puede pasarse sin teatros. La sorpresa del señor gobernador sería muy grande al ver miles de hombres y mujeres humildes clamando por el pan de sus hijos. Es achaque de los grandes hacendistas que nos gobiernan creer que los impuestos sobre los artículos de lujo los pagan los ricos. «Aquí, que no peco», se dicen... Los impuestos los paga siempre el que trabaja y produce. No es al que gasta y emplea su dinero en lujos ó en caprichos al que habéis de castigar con nuevas contribuciones; que esos, al fin, dan de comer á mucha gente y hacen circular el dinero, sino á los que guardan y atesoran dinero, improductivo y cobarde; dinero antisocial y antipatriótico; dinero de vagos, que deben ser tan perseguidos como los otros vagos de la mendicidad callejera.


La familia y los admiradores de Tolstoi no ganan para sustos. ¡La guerra que dan estos apóstoles! Tantos disgustos trae á las familias la extremada virtud de uno de sus miembros, como el vicio más desordenado. Cierto que es de mucho gusto para los descendientes contar con un santo de la familia en el calendario; pero los infelices parientes contemporáneos pasan el sino. Vean ustedes este venerable conde de Tolstoi, que acaba su vida como la empezó aquel perdulario de Verlaine, escapándose con un amigo. Claro es que los motivos son muy diferentes; pero el disgusto para la familia es el mismo. ¡La pobre condesa! Ya le decía ella á cierto escritor inglés que fué á visitar al conde con intención de escribir un estudio sobre su persona y sus obras: «¿Quiere usted saber lo que piensa mi marido? Pues ya tiene usted trabajo, porque cada día piensa una cosa.» Y la posteridad será tan injusta que acaso cuente en el número de los santos al conde y se olvide de la pobre condesa.


Ni el triunfo de una obra de cierto género supone el triunfo de todas las obras del mismo género, ni mucho menos el fracaso de todas las obras de un género contrario. El Arte es furiosamente individualista, y en él sí cada palo aguanta su vela. Hoy ríe el público con una obra cómica y mañana llorará con un drama. Lo de «El público lo que quiere es reir ó lo que quiere es llorar, ó quiere obras de tesis, ó quiere obras ligeras, ó que no quiere el verso, etc., etc.», son otras tantas vulgaridades. El público quiere obras de todas clases, cuando le divierten ó le emocionan. Ni es una novedad que alternen obras serias con obras regocijadas en los carteles. El teatro de la Comedia fué siempre de los más eclécticos. Allí se estrenaron los más caricaturescos vaudevilles franceses y las obras de Dumas y Sardou, última palabra, en sus tiempos, del teatro «serio». Después hemos alternado en la mejor armonía autores de las más opuestas tendencias, y el público nunca tuvo preferencia por géneros ni por autores, sino por obras. Es de esperar que todo seguirá lo mismo. El público aplaude y ríe con Genio y figura porque la obra lo merece, y volverá á aplaudir y á reírse cuantas veces acierten los autores cómicos, como bostezará ó se estará en casa cuando no acierten á interesarle los autores serios. Los fracasados son los que creen que cuando su obra ha fracasado ha fracasado todo un género... Nada de eso; en Arte no hay solidaridad que valga. Cada uno es cada uno. El público no sabe de nombres genéricos; sólo sabe de nombres propios. No hay, pues, por qué gritar: «¡Al arma, al arma!», y dejen los bien intencionados de meter cizaña entre los autores; haga cada cual lo que sepa y pueda, sin preocuparse de lo que hace el vecino. El verdadero vecino de enfrente es el público. En la Comedia francesa, el teatro más serio del mundo, después de una grave tragedia de Corneille, se representa el Monsieur de Pourcegnag, de Molière, la más grotesca farsa que puede darse, con sus boticarios jeringa en ristre corriendo por el patio de las butacas, y nadie se alarma y todo está bien, y ni Corneille ni Molière ni la seriedad de la Comedia francesa desmerecen por ello.


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