Si por bohemia se entiende independencia de nuestro espíritu, amplitud de nuestra vida, nunca subordinada á un solo medio social; personalidad tan enérgica que pueda comprender mil distintas personalidades, sin que nuestra propia personalidad se pierda hasta desaparecer entre todas ellas; simpatía por cuanto existe, sin resignación á que todo siga existiendo lo mismo, si la bohemia es lucha y rebeldía y fuerza y vida... cierto es su encanto. Pero si la bohemia es sólo necesidad hecha vicio, que nunca de la necesidad se pudo hacer virtud; si es limitación de nuestra vida á un solo medio miserable, desordenadamente ordenado en la monotonía de vagar por los mismos lugares, entre las mismas gentes; si es flojedad y desmayo y sumisión y abdicaciones y miseria, en fin, espiritual y física, no habrá quien nos persuada de sus encantos, ni en prosa, ni en verso, ni con música.
Si la realidad es pobreza y fealdad, no es de alma artista someterse á ella. Los artistas están obligados á la lucha, á influir sobre la realidad hasta transformarla, infundiendo en ella el espíritu de sus ideales. Deber es del artista conquistar la riqueza. La vida sólo será lo que debe ser cuando la riqueza sea de los poetas. La poesía será entonces acción y vida y entonará sus estrofas en ciudades de arte, limpias, sanas, alegres, risueñas; en jardines de encanto, en monumentos de gloria, con bellas criaturas de selección espiritual y física. No despreciéis la riqueza ¡oh, artistas!, que harto tiempo ha sido de los bárbaros, muy satisfechos con que vosotros ponderéis los encantos de la bohemia mientras ellos gozan de todo, sin compartir sus goces más que con unos cuantos artistas domesticados, que se complacen en enseñar á sus amigos para darse tono de protectores del Arte. Y mientras vosotros no tengáis palacios, ni deis fiestas en ellos, ¿cómo vais á convencer á nadie de que no son ellos los que no quieren recibiros á vosotros, sino vosotros los que no os dignáis recibirlos á ellos?
No recuerdo si lo soñé ó me lo contaron. Fué un escritor, muy discutido en sus comienzos, que, por lo mismo, tuvo muchos admiradores: unos, jóvenes animosos como él; otros... esos que hallan en lo infructuoso de una labor combatida el mejor pretexto para no hacer ellos nada; otros, los muchos fracasados, que pretenden justificar con el fracaso de una obra ajena el fracaso de toda su obra. Todos estos admiradores admiraban más al escritor cuanto más combatido era. Cuando, por su trabajo y su constancia, llegó á tener verdadero público, los admiradores se desilusionaron: ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Le gusta al público? ¡Qué indignidad! Es que ha caído en la bajeza de hacerle concesiones; ya no es el mismo. Y los admiradores le increparon por haberles hecho traición. Si era para todos, ya no podían ellos presumir de superiores al admirarlo. Ya no tuvo admiradores fieles más que en sus fracasos; cuando no hacía concesiones al público. Si alguna vez, por descanso ó por capricho ó por necesidad, escribía una obra, sin más pretensiones que la de ganar algún dinero, aunque en ella no ofendiera gravemente su sentimiento del arte, los fieles admiradores no podían consentirlo y eran los primeros en protestar iracundos: ¡Qué indignidad! ¡Viene á buscar dinero! Y ellos, con sus protestas, eran los primeros en impedir que tan natural propósito, y por tan inocente medio, se lograra. Así, tuvo que resignarse á no tener dinero en su vida, para satisfacción de sus admiradores. ¿Buscarlo por otros medios? Menos aún; sus admiradores no lo consentirían: su deber era hacer Arte, Arte puro... Cuando murió... los admiradores acordaron costearle un monumento; se reunió poco dinero, y los admiradores acordaron que aquello era una indignidad. Para hacer mal las cosas, más valía no hacerlas. El monumento había de ser magnífico, ó no sería... Y no fué, en efecto. Los admiradores velaban fielmente su gloria póstuma como la velaron en vida.
No sé si lo soñé ó me lo contaron; pero siempre que recibo alguna carta firmada por «Un admirador», me echo á temblar recordando la historia de aquella víctima de sus admiradores. Todas las cartas así firmadas son de alguien que pretende administrarnos la hacienda, la moral, el buen humor, lo que ellos llaman nuestros prestigios, nuestra vida pública y nuestra vida privada... No ¡por Dios!, señores; yo no quiero ser admirado á todas horas ni en todos los actos de mi vida; que descanse vuestra admiración y que me deje descansar. No me escriban ustedes cartas; porque desde ahora no leeré ninguna que traiga por firma el consabido «Un admirador» como no incluya un billete de 1.000 pesetas; única prueba de verdadera admiración que me ofrece alguna garantía y justa compensación del dinero que me habrán ustedes impedido ganar por admirarme demasiado.
Cuando creemos haber hecho todo lo posible por remediar las mayores miserias, siempre nos queda el desconsuelo de no haber remediado una: la ingratitud. Los bienhechores deben contar con ella y compadecer doblemente al ingrato. ¡Qué horrible debe ser la pobreza, cuando así llega á entumecer el corazón!