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JACINTO BENAVENTE
Jacinto Benavente nació en Madrid en 1866. Es un hombre pequeño, pulcro, refinado; sus ademanes tienen una elegancia casi femenina; su perfil aguileño y su barba en punta dan a su fisonomía una expresión netamente española; pero su carácter reside sobre todo en su frente, ancha y espaciosa como la de Cervantes,[1] y en sus ojos vivos y burlones en los que hay, sin embargo, una ligera sombra de melancolía. Hombre de mundo, gusta del trato social y de los viajes, a lo que debe su amplio conocimiento, no sólo de la sociedad española, sino de la sociedad cosmopolita. Es un conversador de mucho ingenio, a veces malicioso y mordaz; pero su espíritu es bueno y tolerante como lo muestran sus bien acreditados sentimientos humanitarios especialmente respecto de los niños.
Su obra es extensa; ha escrito para el teatro unas ochenta obras durante veinticinco años. Con ellas ha conquistado el primer puesto entre los autores dramáticos de su tiempo.
Cuando Benavente empezó a escribir, hacia 1894, encontró grandes dificultades para atraer la atención y la estimación del público. Los principios estéticos del teatro de Benavente eran distintos y aun contradictorios de los que dominaban entonces en España. Estaba entonces en su apogeo el drama elevado y romántico, de trágicos conflictos y pasiones violentas, cuyo principal representante fue Don José Echegaray. Benavente, en cambio, aparecía como escritor de comedias realistas, en las que la fuerza era sustituida por la gracia y la exaltación dramática por la naturalidad y la verdad. No es extraño que el público necesitase algún tiempo para cambiar su gusto y acostumbrarse a este nuevo tipo de teatro más natural y más moderno. Más tarde el éxito fue completo y Benavente goza hoy de la misma popularidad de que hace veinticinco años, cuando él empezó a escribir, gozaba Echegaray.
Benavente ha pintado en sus comedias la sociedad española de hoy, sobre todo la sociedad madrileña de las clases media y alta. La ha pintado casi siempre con intención satírica ridiculizándola; seguramente hay en esa sociedad madrileña mucho más de bueno y de malo que lo que Benavente ha visto en ella, pero lo que él ha visto es verdad y es una verdad divertida e interesante. Las primeras comedias son más puramente satíricas y se reducen a la descripción de tipos y costumbres; la naturalidad y la verdad de los personajes y la agudeza e ingenio de las conversaciones constituyen el encanto de esas comedias.
Más adelante la visión del autor se ensancha y se eleva y sus comedias adquieren un sentido más moral y humano. Hay en ellas no sólo una amena burla de la sociedad que nos rodea, sino un ideal de una humanidad mejor. Al mismo tiempo la ironía es más amable y tolerante, y aunque siempre nos vemos invitados a reírnos de lo que es ridículo y a despreciar lo que es malo y ruin, hay en estas obras un cierto espíritu de simpatía humana que nos inclina a la tolerancia y a la compasión.
La obra de Benavente en que todas estas cualidades se han logrado de un modo más acabado y más perfecto—al menos según la opinión de los más—es la que constituye la base de este volumen: Los intereses creados. Esta obra no es como las más de Benavente una pintura directa de la sociedad contemporánea. Las ideas y los sentimientos, la visión del mundo y de la vida, son los mismos que se han desarrollado a través de toda la obra del autor; pero aparecen aquí, fuera de lugar y de tiempo, con una sencillez e intensidad verdaderamente clásicas. Siguiendo el artificio de la antigua farsa, los personajes de esta obra, que al parecer son muñecos exagerados e ingenuos, nos muestran los hilos por los que los hombres son movidos en la vida misma, las pasiones malas y buenas que inspiran las acciones humanas. Un personaje astuto y sagaz, conocedor experto del corazón humano, el pícaro Crispín, es el centro de la obra; él es quien mueve todos esos hilos, quien pone en juego todas esas pasiones, no en servicio propio sino en servicio de su compañero de aventuras, que en la ficción de la obra ha tomado el papel de señor. Y es realmente señor Leandro, porque es capaz de pensamientos elevados, de idealismos superiores y de la generosidad del amor.
La antítesis de estos dos personajes, que en realidad son uno mismo desdoblado en dos, de tal modo que el uno sin el otro no tendrían existencia, es la reproducción audaz y feliz de un tema eterno, de aquél mismo que encarnó de modo incomparable en las inmortales figuras de Don Quijote y Sancho. Cada alma humana se encuentra representada en esos dos personajes antitéticos que sin embargo se necesitan mutuamente; lo que en nosotros hay de generoso, de grande, de elevado, necesita amenudo para realizarse de otras aptitudes más bajas que hay también en nuestro espíritu. El idealista sin sentido práctico suele ser un hombre ineficaz e inepto destinado a ser vencido en las luchas ordinarias de la vida.