Capitán. ¡Qué remedio! Sentémonos, y sea lo que disponga nuestro buen hostelero.
Arlequín. ¡Hola! ¡Eh! ¿Quién sirve? (Llamando en la hostería.)
Escena IV
Dichos; el Hostelero. Después los Mozos, Leandro y Crispín, que salen a su tiempo de la hostería.
Hostelero. ¡Ah, caballeros! ¿Sois vosotros?[48.3] Mucho lo siento, pero hoy no puedo servir a nadie en mi hostería.
Capitán. ¿Y por qué causa, si puede saberse?
Hostelero. ¡Lindo desahogo es el vuestro en preguntarlo! ¿Pensáis que a mí me fía nadie lo que en mi casa se gasta?
Capitán. ¡Ah! ¿Es ése el motivo? ¿Y no somos personas de crédito a quien puede fiarse?
Hostelero. Para mí, no. Y como nunca pensé cobrar, para favor ya fue bastante; conque así, hagan merced[49.1] de no volver por mi casa.
Arlequín. ¿Creéis que todo es dinero en este bajo mundo? ¿Contáis por nada las ponderaciones que de vuestra casa hicimos en todas partes? ¡Hasta un soneto os tengo dedicado,[49.2] y en él celebro vuestras perdices estofadas y vuestros pasteles de liebre!... Y en cuanto al señor Capitán, tened por seguro que él solo sostendrá contra un ejército el buen nombre de vuestra casa. ¿Nada vale esto? ¡Todo ha de ser moneda contante en el mundo!