Según nos pinte. Yo tenía que dar una vuelta de todos modos; cuestión de las ovejas... Y la Dominica parece que no andaba muy buena estos días, conque esto puede que la siente. ¿Y ustedes del Tiemblo? ¿De rezarle al santo?

D.ª Julita

Tú verás. Que iba para dos años que le teníamos hecha promesa. ¡Ya estábamos avergonzadas! Pero que un día por una cosa, otro día por otra, en una casa como la mía nunca puede hacerse lo que una quiere. Luego, Romualdo, que ya le conoces, en diciéndole de santos y de iglesia, no transige, y cada vez que le decíamos de ir, nos dejaba sin carro y sin caballerías.

D.ª Rosa

¡Mi hermano es así, por desgracia! Yo no sé quién haya podido imbuirle esas hipótesis. No habrá sido en nuestra familia, donde solo ha podido ver buenos ejemplos. Un tío nuestro, por parte de madre, canónigo de la santa sede catedral de Sigüenza, una lumbrera del púlpito. Todo el mundo decía que hubiera llegado a obispo si la muerte no le hubiera sorprendido infragante en la flor de su vida... Hoy mismo tenemos una prima, por parte de padre, religiosa en las Adoratrices de Madrid: no de las arrepentidas, de las otras, porque las hay de dos clases... pero mi hermano, no sé a quién haya podido salir. Son las malas lecturas, lecturas perniciosas.

D.ª Julita

¡No digas, mujer! Si él nunca lee nada.

D.ª Rosa

¡Pero oye! Así es que yo, créame usted, si no fuera por mi cuñada y por mi sobrina, y porque dónde voy yo sola como estoy en el mundo desde la desgracia de mi marido, que para mí peor que si se hubiera muerto, porque un hombre que no tiene vergüenza, para mí es lo último. Y aquí mi cuñada le dirá a usted que no exagero. Cualquiera que me vea y se le diga la edad que tengo... ¿Qué edad me calcula usted?

Feliciano