—Nadie: ya hemos corrío toda la vecindaz..., y aunque ahora al pronto se encontrara, ¿cómo quiere V. E. que luego pague un ama? Estará de Dios que se quede sin hijo.

—Pues oye... sube corriendo, coge al niño, mira si está limpito y bájalo... Yo tengo leche para dos.

Oposición de los padres, enojo del marido, advertencias del médico, todo fue inútil. La duquesita dio teta al hijo de Manuela durante tres días, al cabo de los cuales, doblegándose ante la enérgica actitud de su esposo, devolvió el niño a la madre, prendiendo entre los pañales un billete de Banco para que pudiese pagar nodriza.

Súpose todo aquello en el barrio, y cuando la señora salió a misa de parida, no logró pisar el suelo de la calle; porque desde la escalera hasta el zaguán donde aguardaba el coche, y desde las gradas de la parroquia hasta el altar de la Virgen, las mujeres de la vecindad habían alfombrado el piso con mantones y flores; mantones raídos, flores baratas...; pero no hubo sultán de Oriente que disfrutara triunfo igual.

II

Muertos sus padres pocos años después, la duquesita, por seguir, la moda y complacer a su marido vendió la casa de sus mayores y edificó en la Castellana un hotel a la francesa, dirigido por un arquitecto de París. Cayó la antigua morada de los Vistillas, destruyose la severa fachada, y casi juntos rodaron por el suelo los fragmentos del escudo roto y las tejas de las buhardillas derruidas. Lo que produjeron las rejas y los sillares de berroqueña apenas bastó para pagar unas cuantas piedras traídas de Angulema. El nuevo edificio era extranjero, antipático, barroco, en el mal sentido de la palabra, y en vez de buhardillas españolas, tenía una gran montera de pizarra.

Claro está que al derribarse la casa antigua fueron echados a la calle los servidores jubilados, y entre ellos Manuela. En vano intentó ver a la duquesa. El mayordomo, un burgués en canuto, más aristocrático y orgulloso que el amo a quien sisaba, no permitió que se acercase a la señora.

Manuela comenzó entonces a subir esa calle de la amargura que se llama miseria. Fue peinadora, cosió para las tiendas y el corte, siendo desgraciada en todo, y por último se puso a lavandera.

Pasó tiempo. La duquesita, esbelta y grácil, como un ángel de los que pintó Goya en San Antonio, se había convertido en una señorona de opulentas formas: Manuela, antes guapa, airosa y limpia, estaba fea, ordinaria, flaca, embastecida por el trabajo y desfigurada por las privaciones.

III