Debía de ser alguna de las jefas, porque los grupos se espaciaron dejándola avanzar hasta la caja del coche, mientras ella, gesticulando enérgicamente, decía con los brazos en alto:
—¡Compañeras, quietas! ¡Chicas, no tiréis! ¡Dejadme hablar... no seáis bestias!
Viendo a aquella mujer, la más joven de ambas damas, dio un grito de asombro y de sorpresa, exclamando:
—¡Manuela!
—¡Yo soy señá duquesa!
Y subida en el estribo, agarrándose a la capota, siguió gritando;
—¡Muchachas, por lo que más queráis en el mundo sus pido que no les hagáis daño! Ellas no tién la culpa. ¿Sabéis quién es ésta, la guapa, la más joven, la que paece la Virgen de la Paloma? Las que me conocéis, las de mi lavadero, ¿no m'habéis oído contar que cuando mi hijo se me moría le dio la teta una señora?... ¡Pues ésta es! ¡Pa hacerla daño me tenéis que matar a mí!
Sonó algún silbido, se oyeron algunas carcajadas de mofa, pero las turbas abrieron paso, los grupos se aclararon, la lavandera echó pie a tierra, arreó el cochero y el carruaje pudo arrancar despacio por entre aquella muchedumbre hostil, momentáneamente amansada. La duquesa miró a su salvadora con los ojos nublados de lágrimas, y Manuela siguió mientras pudo al lado del coche, diciendo, trémula de gozo:
—¡Adiós, señora! ¡Qué lejos que estamos ya los pobres y los ricos! ¡Cuánto más valían aquellas buhardillas cuando vivíamos unos cerca de otros pa conocernos y querernos! Ahora hacen unos ciminterios de vivos que les yaman barrios pa obreros... y cuando subimos a Madrid... ¡es pa esto!
—¡Te debemos la vida!—dijo una voz aún entrecortada del terror.