A bueno nadie le ganaba, a severo le aventajaban pocos, y en punto a reaccionario no había quien le igualase. Fue feliz durante casi toda su vida, porque la Fortuna le halagó propicia, siendo para él en la juventud novia cariñosa, en la edad viril mujer amante y luego sumisa compañera; únicamente en la vejez, cuando creía tenerla más sujeta, comenzó a mostrársele rebelde, como hembra cansada de ser fiel mucho tiempo.
El general veía con pena que cuanto amparó con su prestigio y cuanto defendió con su espada se iba desmoronando. La fe se bastardeaba convirtiéndose en devoción superficial y mundana; las clases sociales se fundían derretidas por la fiebre del oro; el principio de autoridad cedía en vez de resistir; todo lo que él consideró esclarecido y alto tendía a oscurecerse y caer, todo lo vil y bajo a brillar y subir; lo poco antes calificado de utopia era casi realidad, los sueños se hacían tangibles y a las amenazas se respondía con reformas; lo que en su mocedad se dominaba a tiros, ahora se arreglaba con fórmulas.
Su mayor pena, su disgusto más hondo consistía en ver a su propio hijo participar de las ideas nuevas y sentarse como diputado en los bancos de una minoría liberal apoyando las que él llamaba soluciones avanzadas, y al pobre viejo le parecían herejías contra lo más santo y ataques a lo más respetable.
Por mucho que cavilase, no se daba cuenta de cómo aquel hijo, educado por padres escolapios, había salido volteriano hasta votar la tolerancia religiosa e importarle un bledo que el Papa estuviese cautivo. Cuando le oía afirmar que era monárquico y enseguida que la idea de Patria no es consustancial con la monarquía, se le llevaban los demonios, y finalmente a punto estuvo de desheredarle sabiendo que durante las elecciones asistió a una reunión de distrito donde solicitó el voto de lo descamisados.
Mas como todo está compensado en la vida, la amargura ocasionada por aquellas ideas del hijo tenía contrapeso y hasta recompensa en lo que prometía el nieto.
Siete años acababa de cumplir Pepito y por sus tendencias dominadoras, por su carácter resuelto y su geniecillo voluntarioso indicaba que había de parecerse, no a su padre, sino a su abuelo. El general experimentaba impulsos de ternura, nunca sentidos, escuchando referir o presenciando y oyendo rasgos y respuestas del chico, que no pasaban de meras insolencias infantiles y que a él se le antojaban claros indicios de ideas sanas, principios severos y voluntad enérgica.
Pepito era indudablemente a sus ojos un caso notabilísimo de atavismo.
Los procedimientos de fuerza le encantaban. En vez de pedir merienda la cogía del aparador: espíritu de conquista, decía el general. Agradábale sobre manera ir limpio, bien vestido y majo: gustos aristocráticos, pensaba el buen señor. Una vez en la calle, viendo reñir a dos muchachos, y caer debajo al más débil, se arrojó a su defensa: clara muestra de comprender la misión de su nobleza. Finalmente, un día en una tienda donde su madre regateaba unos juguetes, Pepito llamó ladrón al comerciante: horror al mercantilismo imaginó el abuelo.
Para que tan brillantes disposiciones y facultades no se debilitaran ni maleasen en la viciosa confusión de un colegio ni al contacto de malas compañías, el general, desconfiando del criterio y carácter de su propio hijo, resolvió encargarse de la educación del chico: y no pusieron los reyes de Francia más cuidado en buscar maestro a un Delfín que puso él para admitir preceptor a su gusto.
Tras muchas cavilaciones, previos respetables informes y seguro de sus buenos antecedentes, recayó la elección en un capellán profundamente religioso, de intachable moralidad y lo bastante conocedor del mundo para dirigir los primeros pasos de un niño a quien su linaje y fortuna tenían reservado puesto seguro y distinguido en el banquete de la vida.