Cuando el general vio el nacimiento, faltó poco para que cogiese un rabel: si no lo hizo fue porque no quedara mal parado el principio de autoridad.
A la tarde siguiente, Pepito salió de paseo con su madre. Cuando volvían oyó llorar en el patio a uno de los chicos del portero y preguntó la causa.
—Envidia, nada más que envidia... señora—dijo dirigiéndose a su ama el criado adulador:—mis chicos han visto subir el nacimiento y se han emberrenchinado en que les compre muñecos.
La dama, sin hacer caso, subió lentamente la escalera y Pepito la siguió en silencio, con la cabecita baja y las manitas a la espalda, sintiendo cosas que no podía comprender, como un filósofo chiquitín.
De pronto, al llegar al recibimiento, echó a correr hacia su cuarto, y pocos momentos después bajó al portal por la escalera de servicio, llevando una cesta cuyo contenido ocultaba cuidadosamente.
A la noche, terminada la comida, el general quiso ver de nuevo el nacimiento por gozar con la alegría del niño.
La decepción fue horrible. El nacimiento estaba encendido; pero a pesar de las luces, triste y despoblado. Parecía que los muñecos de barro habían huido al sentirle llegar: faltaban más de la mitad. Los reyes magos reducidos a dos; de la pareja de civiles, un número; la mula del pesebre, ausente; los borregos, pastores y zagalas, en cuadro; el caserío de Belén, medio derribado para arrancar algunas fincas, y ¡oh cosa inverosímil! San José permanecía junto a su divino hijo, mas la Virgen había desaparecido.
—¡¡Pepito!! ¿Qué ha pasado aquí?—gritó enojado el abuelo.
El niño se presentó cabizbajo, pero sin miedo; no muy contento, pero sereno.
—¿Qué es esto? ¿Has roto ya todo lo que falta? ¿Es ese el aprecio que has hecho?...