Severiana, que recordaba haber visto en su lugarejo uno por el estilo, le cuidaba y atendía cual si fuera de carne y hueso: su espíritu inculto, pero delicado, establecía una relación misteriosa entre aquel Jesús y su niña. Eran poco más o menos de igual altura: él, a pesar de las malas pinturas, y ella, a pesar del descuido y desaliño que la afeaban, sonreían con dulzura inefable: el Hijo de Dios calumniado por un artista ramplón y la criatura abandonada por un padre infame, despertaban en el entendimiento de la pobre criada sensaciones análogas y dulcísimas: cuando abrazaba a la niña se le venía Jesús ante los ojos, y al rezar a los pies de la escultura su imaginación volaba hacia el fruto de sus entrañas, creyendo ver purificada por mediación de la sagrada imagen la falta cometida.

La verdadera creyente, la devota sincera de aquella casa era Severiana: sus amos pagaban el aceite, pero ella encendía la lamparilla, cuidando de que ardiera constantemente, levantándose a veces durante la noche para orar de rodillas, mientras cerrando los ojos creía ver el miserable cuartucho donde dormía su hija.

Al acercarse Nochebuena, Casilda y Damián dispusieron en obsequio de Luis y Genoveva, una cena opípara.

Sopa de almendra, besugo, pavo, ensalada de lombarda cocida, infinidad de golosinas, para el centro de la mesa un castillete de guirlache, y para que fuese todo bien regado, Valdepeñas y Champaña de a doce reales botella. La cocina parecía un puesto de la Plaza Mayor y el comedor una tienda de ultramarinos. ¡Cómo se iban a poner el cuerpo! ¡Y qué tristeza tan honda sentía la pobre Severiana! Haría la cena, la serviría, fregaría... y luego tendría que acostarse sin dar un beso a su hija.

Poco después de anochecer comenzó a cavilar... las cosas se le caían de las manos... no estaba su voluntad en lo que hacía... De pronto se dibujó en sus labios una sonrisa y los ojos le brillaron entre alegre y maliciosamente.... Los amos habían ido al teatro con sus convidados, para hacer tiempo... Aún tardarían bastante. Además, luego se irían a la misa del Gallo, y al volver se acostarían enseguida...

Cogió un mantón y el picaporte, echó escaleras abajo, se metió en un tranvía y antes de una hora volvió trayendo en brazos a la niña dormidita y con una pelota entre las manos: la acostó en su cama y la durmió con un cantar. No quería más que tenerla a su lado las últimas horas de la noche, darle algo del postre que sobrase y dormir con ella.

¡Aquélla sí que sería Nochebuena! La pobrecita no lloraba nunca y era difícil que la descubriese. Además, no habían de ir a registrarle el cuarto. Ya sabía ella lo que pasaba cuando disponían semejantes francachelas: primero, cuarteto de comentarios sobre si tal o cual hermano tenía o no manos puercas en la administración de la cofradía; y luego, cuando iba decayendo la charla, formación y aislamiento de dúos: Casilda y el cerero se quedaban en el gabinete, discutiendo la elocuencia de un predicador, mientras Damián y la cerera se iban al cuarto de la plancha. Lo peor sería que rompiese a llorar la niña... Pero en último caso... ¿qué podía suceder? ¿Qué se supiera todo? Pues no le faltarían casas...

Cuando sus amos volvieron, la oyeron cantar desde la escalera:

¿Quién sería la madre
que parió a Judas?
¡Qué hijos tan indinos
paren algunas!

Estuvieron un rato bromeando en el gabinete, mientras se hacían los últimos preparativos, y luego pasaron al comedor, que era la pieza inmediata, sin más separación que una puerta.