A las ocho menos cuarto apareció Julia bajo el arco que da a la calle de Toledo. Al verla, se dirigió hacia ella con mal disimulada impaciencia:

—¿Qué hay, buena pieza?

Pos verá usted. Lo primero que se me ocurrió fue decir a la señorita que, estando yo en el portal, yegó un cabayero a dejar una carta, y que como no estaba la portera, la tomé yo. Por lo pronto no se malició nada; pero luego en cuantito que la leyó, se tragó la partida.

—¿Y qué cara puso?

—Sabe más que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llamó, se encaró conmigo, y me dijo que la carta me la habían dao a mí diretamente, y que si tomaba otra, me plantaba en la calle.

—Bueno; pero ¿crees tú que fue pamema o que se incomodó de veras?

—Le diré a usted; yo salí del gabinete haciendo como que me largaba a la cocina, y me planté detrás de la puerta, y por una rendija miré... Se quedó más blanca que el papel..., luego se sentó de espaldas; pero me pareció que yoraba, lo cual que no me lo explico.

—Vamos por partes: ¿te preguntó las señas del caballero de quien tomaste la carta?

—Sí, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien plantao, mu fino... en fin, usted.

—Gracias, prenda. Pues mañana tienes que venir aquí para que te dé otra carta.