—¿Yo?—repuso en el colmo del asombro.—¡Usted sí que se quiere quedar conmigo!

Estaban solos: el dependiente, que no era viejo ni feo, tenía las manos apoyadas en el mostrador; ella estaba turbada, recelosa, esforzándose por sonreír, y agitada por un presentimiento incomprensible. El sota—editor se había puesto muy serio; a la chica un sudor se le iba y otro se le venía; de pronto, en un momento en que ella alzaba con cierta coquetería una mano para retocarse el peinado, dijo el hombre:

—Vamos a ver: ¿le parece a usted que se han hecho esos dedos para pegar sellos y contar calderilla? Vaya, me ha dicho don Pedro, mi principal, que suba usted mañana con su tío, que tiene que hablar con ustedes.

—¿Para qué?

—Para saber si quiere usted ser cómica.

—¡Yo artista!—exclamó Cristeta con indefinible sorpresa.

—La misma que viste y calza. Es usted joven, guapa, tiene talento, voz, afición.

—Lo que es afición sí que tengo.

—Bueno, pues con estudiar un poco... En fin, suban ustedes mañana.

Y se fue.