—Sigue, sigue.
—Yo creí, pues, que había ido enonde usted, a buscarle; pero me chocó que volviera demasiao pronto: y lo mismo fue entrar en casa, que ir y tirarse llorando encima de la cama. Y llora que te llora la tié usted. Esto acabará mú remal. En fin, que golvió hecha una Madalena. Si sigue así, se pone mala de verdad. Por supuesto, el día que venga el amo, no paro en la casa ni pa tomar dulces.
—De modo que tú crees que ella... está interesada.
—Ella está por usted, pero tiene un miedo atroz...; lo cual que el miedo puede más que usted.
—Pues adelante con los faroles, y ya sabes que todos estos paseos yo te los pagaré bien.
—Es que... hay más, y gordo. Usted me dijo que averiguara aquello de cuándo se había casao, y del treato, y de si tenía unos parientes con tienda.
—Todo ello importantísimo.
—Pues la cocinera m'a dicho que la señorita ha sío cómica, que una vez la vio de trabajar, pero que ahora está desconocía, porque está muchísimo más guapa; y que fuera de Madrid tomó relaciones con un señor y se casó; pero algunos dicen que no están casaos, y que por eso no la quién ver sus tíos, que son estanqueros; y otros dicen que ella es la que no le da la gana de ajuntarse con ellos, porque le da vergüenza de que son gente ordinaria; y me extraña, porque la señorita es buena.
—En resumen; seguro no sabes nada.
—¡Si quedrá usted que le traigan a la señorita ya mansa y conforme!... ¿Tié usted más que buscar a esos estanqueros, y ponerse al habla con ellos y que desembuchen la verdad?