Capítulo XVIII
De la importantísima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y el estanquero libertino, con otros graves sucesos
Ignorante don Juan de que don Quintín hubiese venido a menos, resolvió visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jamás puso los pies. Fue allá, entró, pidió puros, escogiolos despacio mirando hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevió a preguntar al chicuelo mugriento, mofletudo y asabañonado que le despachaba.
—¿Está el amo?
—El señor Juaneca ha salido.
—No, don Quintín.
—Ese era el de enantes, que vendía pitillos de contrabando y lo quitaron por gandul.
—¿Y dónde ha ido a parar?
—Le dieron otro estanco, y no sé más. ¡Valientes puercos debían de estar él y toda su casta! ¡Cómo dejaron la casa de telarañas! Nos encontramos esto, mal comparao, lo mesmo que una pocilga, con perdón de usted; menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio.
«¡El cuartito que ella tenía y del cual me habló tantas veces!»—pensó don Juan, y en seguida dijo: