—¡Mi señor don Quintín, y cuántos deseos tenía de que honrase usted mi choza! ¿Cómo va ese valor?

—¿A esto llama usted choza, y están las paredes llenas de santos?

—Vaya, vaya, usted me perdonará el atrevimiento; pero yo necesitaba hablar con usted, y pensé que almorzando se entienden las gentes.

—Tantas gracias.

Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios de los cuadros, y comienza el festín.

Ostras: don Quintín desprende de sus conchas las primeras con el cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo ad hoc, le imita torpemente, pensando mientras come: «¿Quién sería el primero que probase esta porquería?»

Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan:

—Huevos al plato.

Don Quintín, sirviéndose, reflexiona: «¿Pues dónde los había de poner?»

Apaciguada la primera furia del hambre, dice el anfitrión: