—Tiene usted razón; trato hecho. Yo le llevaré a usted la... tiple.

—Y yo le nombro a usted... eso que he dicho antes.

Don Quintín representaba la comedia por imposición y encargo ajeno; pero al mismo tiempo, le sonreía la perspectiva de aquella venganza que había imaginado; además, si lo de la empresa teatral fuese recurso cierto, ideado por don Juan para entenderse con Cristeta, también de esto sacaría él partido, procurando el ajuste de Carola. En vista de lo cual, aunque desconfiaba de la farsa, fingió aceptarla, considerándola como un modus vivendi necesario para sellar el vergonzoso pacto. El taponazo del Champaña le sacó de sus cavilaciones.

Don Juan, alzando la espumante copa, le dijo, como si fuesen antiguos compañeros de calaveradas:

—Cuando dos caballeros quieren entenderse, no hay quien pueda con ellos. Todavía tiene usted que hacer buenas migas con este cura... ya sé yo los puntos que usted calza. (Pausa larga.) Vaya, el día que se canse usted de Carola, le voy a presentar a usted a una chica de veinte que le vuelve a usted tarumba.

—¿Pero usted sabía?...

—¿Lo de Carolina? Todo Madrid lo sabe, y ándese usted con tiento..., es guapa mujer, pero costosa, exigente, acostumbrada a mucho señorío; no le vendrán a usted mal los cincuenta de la representación. Lo grave sería que lo supiese su esposa de usted.

Este momento fue el único en que don Quintín perdió terreno. No era sólo Cristeta quien podía perderle; también aquel hombre conocía su secreto...; pero ¿qué secreto si acababa de oír que Carola era mujer de fama?

—¿Quedamos—preguntó don Juan—, en que somos buenos amigos?

—Sí, señor. ¡Tiene usted un modo de tratar las cosas!... Vaya, y para que usted no pueda tener queja de mí, le diré a usted una sospecha, no pasa de sospecha, que yo tengo. Usted sabe que Cristeta fue a Santurroriaga hace cerca de tres años. Pues bien; la doncella que la acompañó me ha contado que allí tuvo algo con no sabe quién..., de cierto, nada; pero algún lío debía de traer entre manos, porque, según la chica, en cuanto llegaban por la noche del teatro a la fonda, Cristeta la despedía sin dejar que la desnudase; y otras veces se quedaba escribiendo hasta muy tarde.