—¿Era decoroso?
—En fin, aprovechemos los instantes. ¿Cuál ha sido tu conducta desde que me fui a París?
—¿Desde que me abandonaste en la fonda de Santurroriaga?
—Bueno, como quieras, te abandoné; de eso luego se tratará. ¿Qué hiciste?
—¿Y no se te ha ocurrido preguntártelo a ti mismo hasta que has vuelto a verme?
—¡Responde!
—¿Y por qué has de ser tú y no yo quien interrogue? ¿Porque eres hombre? Ten calma.
—No puedo, la tendré cuando hayas vuelto a mi poder.
—¡Ah! Me quieres ahora porque no puedo ser tuya.
—Más de lo que te figuras. Estoy dispuesto a todo.