—¿Al niño? Naturalmente; al fin, es hijo tuyo.

—No me has comprendido...—repuso sin atreverse a concluir.

—¡Calla, traidora! porque no respondo de mí.

Y alzó tanto la voz, que ella hizo ademán de taparle la boca con la mano.

—No pensemos en lo imposible—añadió Cristeta tristemente—¿Has querido verme para que sufriéramos los dos? Ya estarás satisfecho; pero basta... ¡por la Virgen Santa!

Intentó incorporarse, Juan la contuvo oprimiéndola el talle, y aún más con el suplicar de su mirada, al mismo tiempo que decía:

—No perdamos tiempo en recriminaciones inútiles. ¿Me he portado mal?, pues te pido perdón. ¿Has obrado por despecho?, te perdono. ¿Nos hemos equivocado los dos, yo al dejarte y tú al olvidarme?, pues venzamos a la desgracia. Manda, ordena, dispón, decide lo que quieras; paso por todo, ¡pero mía, mía para siempre!

—¿Y qué sabes tú lo que es siempre? ¿Cuánto tardarías en cansarte otra vez de mí? Y, sobre todo, no reparas en lo que hablas... y me estás ofendiendo. Óyelo bien; jamás engañaré a Martínez, lo juro. Lo hecho, hecho está.—Y al decir esto, sonrió ligeramente, como burlándose de sus propias palabras.

—¡Pues yo lo deshago!—replicó Juan en fogoso arranque.

—Eso se dice ahí, en el escenario, pero aquí en la vida... ¡ya no podemos ser dichosos!