Al sentir Juan acariciado el rostro por el cosquilleo del pelo de Cristeta, dio al olvido la pregunta que hizo, la respuesta que esperaba, hubiera olvidado hasta la gloria si entonces se la hubiesen ofrecido, y estrechando contra el pecho la cabeza de su amada y pegando los labios a su oído, le dijo:
—Iremos donde quieras, solos... o con tu chico..., yo seré su..., lo que tú mandes, ¡alma mía!
Y la besó callada y blandamente entre el rizo y la oreja.
Cristeta levantó la cabeza, mostrando involuntariamente los ojos llenos de felicidad. Juan había pronunciado aquellas palabras con una expresión nueva, desconocida para ella, y aquel beso fue más casto, más sincero, menos egoísta que los dados en otro tiempo por los mismos labios. No se sintió deseada, sino querida, y en lo más íntimo de su espíritu se alzó una voz que le decía: «Es tan mío como yo suya.»
La función estaba concluyendo. Púsose Cristeta en pie sin que ya él lo estorbase, esquivó sus miradas como aterrada, y le dijo:
—Vete. Quiero salir sola.
—¿No viene nadie, ni tu tío, para acompañarte?
—¡Ah!... A propósito de mi tío. Tengo que pedirte un favor.
A no estar tan ciego el pobre don Juan hubiera notado que no era propio de situación tan grave hablar del ridículo don Quintín; mas sin pensar en ello, repuso:
—¿Tú pedirme favores? Pon un bando, y hago que te obedezca... hasta el mismo Nuncio.