Y, sin embargo, faltaba el último cartucho por quemar.
Según costumbre, se apeó del coche en sitio apartado y volvió a casa a pie, sola y dando rodeos.
Desnudose despacio, engolfada en sus ideas, entreteniéndose en guardar con cuidado sus ropas, relativamente lujosas, como el guerrero cuida y guarda las armas. Luego dirigió una mirada a los pobres muebles y blancas paredes de su cuarto, y suspiró pensando:
«¡Quién sabe! ¡El beso de hoy me ha parecido beso de cariño!»
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Don Juan se retiró como chico a quien dan cañazo en la escuela.
«¿Qué mujer es ésta?—se decía al entrar en su casa—. ¿La coqueta más temible del mundo, o una desdichada que fluctúa entre el deber y el amor? Porque, ¡vaya si me quiere! ¡Cómo temblaba cuando la besé... y qué modo de mirar!»
Ya no se le ocurría todo aquello de capricho, vanidad, lo que me dé la gana, un día, una hora... La quería por suya como se desea la felicidad, sin fijar término ni plazo, lo antes posible y para siempre: ya no era el temible Burlador de Sevilla, que seduce, logra y desprecia, sino el Tenorio apasionado que se rinde a doña Inés.
Entre su deseo y su esperanza surgía el recuerdo de las últimas frases que Cristeta le dijo en el antepalco. Las recordaba claras, indudables, palabra por palabra, sílaba por sílaba. «... No me hagas ser mala... ¡No quiero!... Vete... ¡Nunca!»
Entonces el hombre insustancial y frívolo, que no había vertido una lágrima desde la muerte de su madre, se dejó caer en una butaca, cubriose el rostro temiendo que le hicieran burla las Venus de bronce, las fotografías de mujeres hermosas o los retratos de queridas olvidadas y se echó a llorar como un niño.