Estaba don Juan macilento, escuálido, sentado en un sillón y más sombrío que Bruto la víspera de Filipos. Recibiola sin sonrisas, sin gana de bromas, preguntando con voz desfallecida:
—¿Qué te pasa, mujer?
—Eso pregunto yo. ¿Qué le pasa al señor?
—No tengo apetito.
—Pues el almuerzo de hoy era para abrírselo a cualquiera.
—Estoy malo.
—Lo que estará el señor será...
Y se detuvo respetuosa.
—Di, mujer; ya sabes que te quiero y que siempre te he permitido que me hables con franqueza. ¡Al cabo de tantos años!
—Pues lo que estará el señor será enamorado, y le habrá dao más fuerte que otras veces.