—No me acuerdo bien; pero el nombre no es bonito: creo que es Crisanta, o Cristina, o Críspula.
Don Juan, acordándose instantáneamente de su amada, preguntó:
—¿Cristeta?
—Ya le digo a usted que no me acuerdo bien; pero algo así como eso que usted dice: Cristeta... Crisanta... ¿qué sé yo?
Entonces él volvió a preguntar, animándose:
—¿Qué señas tiene?
—Ojos azules, grandes y oscuros; las pestañas larguísimas; el pelo rubio como un trigal, y ¡vaya un cuerpo! Pero ya las gastará usted mejores.
Aquel retrato podía ser el de muchas mujeres, pero a don Juan se le antojó la pintura de Cristeta: el presentimiento, sospecha o lo que fuese le pareció, sin embargo, ridículo; no obstante lo cual, hizo dos últimas preguntas:
—¿Está casada? ¿Tiene un niño?
—¿No le he dicho al señor que vive sola como un hongo? Y lo que es chico..., no hay más que verla; es necesario ser negao ú estar memo pa suponer que pueda tener aquel cuerpo y aquel talle una mujer que...