—Tú no eres capaz de hacer tal cosa, porque, al fin y al cabo, se trata de mi señora.

—Te azvierto que de tres patás la espampirolo y te quedas más viudo que el marido de una difunta.

—Cálmate. No llegará el caso de que nos pesque, porque vamos a curarnos en salud.

—¿Tapujos?

—No, hija, sino la gran comodidad para pasar unas horitas como unos marqueses, sin que lo sepa nadie. ¡Verás qué gabinete! Nos citamos, entramos con cinco minutos de diferencia: yo primero, tú en seguida, y al salir lo mismo. Cuando veas el cuarto, querrás quedarte allí.

—¿Puesto con lujo?

—Así quisiera yo arreglarte uno... y ¡quién sabe! Mira, tengo la esperanza de que ese señor, por lo que me ha contado, en cuanto pueda rompe con la dama, la deja plantada y... yo veré cómo me las ingenio, pero malo será que no discurramos modo de quedarnos con alfombras, espejos, muebles: en fin, todo. ¿Y para quién será, rica del alma?

—Eso es vender la piel del lobo antes de haberlo matao. Por ahora, lo que tú tienes es un miedo atroz a la fantasma de tu mujer.

—No es miedo; pero no quiero que pudiendo evitarlo nos den una desazón en tonto. ¿Y dónde me dejas el tratarnos a cuerpo de rey? Chica, ¡qué cuarto! Hay un sofá retorcido para sentarse dos y comerse a besos... Nada más que mirarlo da vergüenza.

—Lo que dará serán ganas de sentarse.