—Pues esa oficiala, compañera mía—hablaba Carola—me ha dicho que por los chicos que trajeron los muebles sabe que hay un sotabanco de cincuenta riales.

—No hay tal; son guardillas trasteras de los enquilinos..., buenas familias.—Y fue enumerando cuanta gente había en la casa, hasta llegar al cuarto entresuelo.

—Sí, al señor del entresuelo le conozgo yo: es alto, flaco, viejo, de bigote recio—dijo Carola detallando las señas de don Quintín.

La portera comenzó a negar moviendo la cabeza.

—¿Cómo que no?

—Como que no; ese caballero anciano que usted dice, y que también ha venido por aquí, debe de ser el mayordomo u cosa tal, de otro más joven, que es quien ha puesto el cuarto.... por cierto que ahora lo quita.

—¡Cómo que lo quita!

—Quitándolo y llevándose los trastos. Ya me olí yo que se trataba de una trapisonda, vamos, de un señor arrimao con una señora. Verá usted: primero vino el joven y tomó el cuarto, luego volvió con el viejo ese que usted dice, que le trataba al joven con mucho miramiento, dejándole pasar siempre por delante...; no, amigos no son, más parecen amo y mayordomo. El joven le dio una de las dos yaves para que golviese a inspecionar; pero crea usted que, según les he visto yo de hablar, uno manda y otro calla y obedece.

—¿Y no ha venido nadie más?

—Nadie. Y ya va pa cinco semanas que trajeron los muebles. Indudablemente esto era con ojebto de traer una mujer casá y luego se les habrá torcío el carro, ú pa una de esas ofecinas que dan timos. En fin, la última vez que estuvieron los dos, el joven le dijo al viejo aquí en el portal: «no importa nada; total, un trimestre de alquiler y los muebles, que como son pocos y buenos no estorban; la semana que viene me los llevaré a mi casa y servirán para renovar el gabinete..., o por si algún día me caso.»