—Este es lujo para mujeres malas. Oye, galán, ¿y que has traído en esos papeles?
Deshizo él los paquetes, destapó la botella, y extendiendo la mano, repuso triunfalmente:
—Mira.
—¡Vaya una merienda para un cuarto como éste! ¿No te da vergüenza? ¿Cuándo me llevas estos trastos a casa?
—Veremos...
—Dijo el ciego, y nunca vio.
—Rica, dame un beso, y toma un bocadito de estas golosinas.
Carola, dejándole con la palabra en la boca, recorrió las demás habitaciones en que no había muebles, y volvió al gabinete diciendo con desapudorada malicia:
—Chico, ¿sabes que aquí falta un mueble muy importante?: aquel que se nos desvencijó a nosotros, ¿u es que el caballero amigo tuyo trata a la señora como santo de barro, que se mira y no se toca?
—Déjate de eso, y pensemos en nosotros.