Y calló, sin terminar la frase.

—Hable usted con franqueza.

—Que no hay analogía entre usted y ese atavío.

Y como ella hiciese un mohín de sorpresa, continuó:

—Quiero decir que esa falda tan hueca, ese moño tan bajo, esos rizos tan... subversivos, todo tan... flamenco no está en relación con la belleza elegante y distinguida de usted. Cuanto lleva usted encima pide una cara más, enérgica, facciones duras...

—Gracias por la galantería—repuso ella secamente.

Pero no le fue desagradable la lisonja. Estaba acostumbrada a que la llamasen rica en el mundo o barbiana, y aquella era la primera vez que un hombre la galanteaba con finura.

—Vamos—siguió él—; convenga usted conmigo en que su fisonomía y su porte son demasiado aristocráticos para estas flamenquerías: mejor estaría usted con un traje de baile, de raso muy claro, por ejemplo, y con un gran abrigo forrado de pieles que le llegase hasta los pies...; pero que no los ocultase... Nada de alhajas: el lugar que cubrieran valdría más que el mejor brillante. En fin, me resulta usted una gitana demasiado señorita.

Cristeta sonrió con mayor afabilidad y repuso:

—Pues ya lo ve usted; al público le da por esto.