Capítulo XXIII

Concluye ésta, entre verídica o imaginaria historia, con el raro ejemplo de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada

Salió don Juan vestido de viaje, tomó un coche, apeose cerca de la calle de Don Pedro, y por fin llegó al portal de la casa en que vivía Cristeta. No arribó Ulises a la deseada Itaca, ni vieron los Magos el sagrado pesebre poseídos de tan honda emoción como la que él sentía.

Penetró en el zaguán, y acercándose casi respetuosamente al portero, de suntuoso levitón y gorra blasonada, le preguntó:

—¿La señora de Martínez?

—No vive aquí.

—¿Cómo?

—Que no es aquí.

—Sí, hombre; una señora joven y guapa que se llama doña Cristeta.

—¡Acabara usted! Sí, señor. Segundo patio, escalera interior, piso tercero.