—¡Qué angostos son a veces—dijo don Juan—los senderos que Dios nos deja para que caminemos hacia la dicha!
—Chico, parece que nos amamos por cerbatana.
—¿Oyes bien?
—Sí, pero tengo que pegar la oreja a la cerradura.
—¡Alma mía!
—¡Juan de mis ojos! ¡Monín!
A la media docena de exclamaciones melosas sonaron simultáneamente dos carcajadas, y en seguida dijo don Juan:
—Cristeta, vida mía, esto me parece el colmo de la ridiculez.
—A mí también: tu voz suena como silbido de mirlo.
—Pues abre la puerta.