Era mujer de cuarenta y tantos años, gruesa, ex—guapa, en buen estado de conservación, aunque algo ajada, y con más experiencia de los hombres de la que a don Quintín hubiera entonces convenido. Vestía bata flotante de percal claro; no debía de llevar corsé, porque se le notaba el temblor de las carnes libres; estaba recién peinada, y de su cuerpo se desprendía aquella emanación intensa de perfumes baratos con que el estanquero experimentó sensaciones indefinibles cuando habló por primera vez con Mariquilla.
—¡Don Quintín de mis entretelas! ¡Tanto bueno por mi casa! ¿Qué le trae a usted por aquí?
—Lo primero, el gusto de verla, que no es grano de anís; y luego...
—¡Me lo he maliciado; preguntarme por la María!
—No crea usted que sólo por eso. Pues qué, ¿no es nada contemplar ese cuerpo tan hermoso?
—Déjese usted de requiebros. ¡Bonita me encuentra usted! Ni tiempo he tenido de ponerme el corsé.
—¡Mejor que mejor!—Repuso don Quintín, echando una mirada codiciosa al busto de Carolina.
Ésta, cogiéndole de la mano para guiarle por la oscuridad del pasillo, le llevó hasta el comedorcito, donde se sentaron: ella en una silla baja de hacer labor, y él en una butaca vieja y desvencijada. El comedor era muy pequeño, y en la estancia inmediata, que era la alcoba, se veía una cama cubierta con colcha de indiana.
El día estaba caluroso; el estanquero, a fuerza de pensar en la coristilla, venía predispuesto al amor, y Carolina no era la última encarnación de Lucrecia, la casta.
—Sí, señora—repitió él, disimulando su pensamiento; lo primero, el gustazo de verla, como que está usted hermosísima.