—¿No has de poder? ¡Anda, pillín, que no te arrepentirás!

—¿Estás siempre sola?

—Siempre, vidita. Y vive tranquilo: no soy yo como aquella perdida que...

—Mala voluntad la tienes.

—Como que me tenías chaladita y me daba ira de verla cómo se burlaba de ti.

—¿Qué hacía?

En parte mintiendo, en parte diciendo verdad, Carolina resolvió asegurar la adquisición que acababa de hacer. Mezcló en sus frases lo cierto con lo calumnioso, y procuró apartar a don Quintín de Mariquilla, haciéndole creer que le consideraba capaz de la mayor generosidad y lleno de ardimiento para los dúos amorosos.

—Vamos, ¿qué hacía aquella... desdichada?—tornó a preguntar don Quintín.

—No merece que vuelvas a pensar en la muy sinvergüenza. ¿Que qué hacía? Ponerte cuernos. ¡Como si con un granadero como tú no tuviera bastante una pitifláutica como aquélla! Todas las del coro sabíamos que tú le regalaste el mantón bordado y la mar de medias. Decía que te iba a dejar el estanco hasta sin esponja para mojar los sellos. Y al mismo tiempo, como después de la función te ibas con tu sobrina, ella se largaba con el segundo apunte. ¡Me daba una rabia! Porque cuando la mujer es libre, bueno; lo que yo digo, que se amontone con quienquiera, pero que no engañe a nadie... Un hombre es un hombre.

—De modo que ella...