—No te pido juramento ni promesa, ni mucho menos palabra de honor; pero si esto se acabó, desengáñame de una vez. Comprendo que he hecho mal en ser tuya, y sin embargo, ni me arrepiento ni quiero que me lo agradezcas...; pero tampoco me confundas con otras que hayan sido tuyas sin quererte.

Don Juan había luchado mucho contra la coquetería y la astucia femeninas; había burlado a veteranas de la galantería, a beatas lagartonas, a señoras raposas, quedando siempre victorioso de sus malas artes y enredos; pero no acertó a luchar abiertamente con aquella sinceridad.

¿Fue ternura repentina, de la que se creía incapaz, o vergonzosa abdicación de sus principios y presagio de mayores debilidades? Nadie le culpe. ¿Cómo ser cruel con una mujer que, lejos de echar en cara los favores otorgados, ni arrepentirse de ellos, ni solicitar cosa alguna para lo porvenir, se limitaba a pedir lealtad? De la desvergonzada Zaluka, de la sagaz Cleopatra, cualquiera triunfa, porque el hombre se deleita tanto en humillar la soberbia como en poseer la belleza, pero ¿quién es capaz de permanecer insensible ante la enamorada humilde y suplicante?

—Ignoro cuánto tiempo tendré que estar en Madrid o en París—dijo don Juan—. No sé dónde iré...; en fin, no me voy del mundo. Claro que volveré; y si no te encuentro aquí..., en Madrid nos reuniremos.

—¿Me escribirás a menudo? ¿Podré yo escribirte?

—Siempre que quieras.

—¿Verdad que no estás hastiado de mí? ¿Me quieres?

—¡Con toda mi alma!

(Evocando sus propios recuerdos, ponga el lector aquí cuanto haya experimentado en casos parecidos.)

¡Oh inacabable encadenamiento de frases, tan tontas para escritas como deliciosas para pronunciadas y oídas!