Don Quintín abrió desmesuradamente los ojos.
—Bueno—continuó Cristeta—; pues no quiero que nadie, ¿lo entiende usted?, que absolutamente nadie sepa dónde voy a vivir. Venga quien venga, usted como si no supiese jota. Mientras yo no disponga otra cosa.
—¿Y si viene don Juan?
—A ése menos que a nadie.
—¿Pero qué líos traes entre manos?
—A su tiempo se sabrá todo; ahora no. Y le advierto a usted que ya puede enseñar bien la lección a la tía. Compónganselas ustedes como quieran; pero en cuantito que digan a alguien, sea quien fuere, mi paradero, vengo y le cuento a la tía de pe a pa todas sus trapisondas de usted; lo de Mariquilla, que si no fue... no quedó por usted, y lo de esta mala pécora de ahora, que le tiene a usted sorbido el seso.
—¡Chiquilla! Yo hago de mi capa...
—Usted no hace más que tonterías. Clarito; armo la de Dios es Cristo, y entre la tía y Carola le sacan a usted los ojos. Usted verá lo que ha de hacer para tenerme contenta; en cambio, le daré a usted de cuando en cuando lo que pueda, no por ayudarle a mantener vicios, ¿estamos? sino para que no meta usted mano al cajón y evitar disgustos a la tía, porque esa chifladura de hacerse el enamorado no habrá medio de quitársela a usted de la cabeza... es cosa de los años.
—Muchacha... ¿es que vas a darme lecciones? ¿Te has vuelto loca?
—Usted sí que está chocho; pero yo no puedo evitarlo. ¿Qué adelantaría con tirar de la manta? La tía se moría del sofocón.