Orad, hermanos míos, orad por los opresores sacrílegos, pero no maldigáis a los que combaten. Nosotros tenemos sólo fe, quizá fe tibia: ellos, como quería el Apóstol, juntan las obras a la fe. Supimos los españoles expulsar al moro, desterrar al judío, vencer al turco; destruimos al protestante en Flandes; arrojamos de aquí a los franceses ateos de Napoleón; purificamos, con fuego, de herejes nuestra propia tierra, y ¿no seremos hoy capaces de sojuzgar a los que traen semilla del infierno en ese contubernio nefando que llaman matrimonio civil, en esa crápula moral que llaman libertad religiosa?
¡Qué pena, hermanos míos! ¡qué dolor! Estamos en plena Revolución; es decir, como Job en el basurero, llenos de toda suciedad. ¡Aquí es el rechinar de dientes y crujir de huesos!
La libertad de cultos, dicen los impíos, traerá capitales extranjeros, porque vendrán familias de herejes, ¡que maldita la falta que hacen! ¿Pues sabéis a lo que vendrán? a llevarse vuestro dinero, a poner fábricas en las casas que ahora se están robando a las pobres monjitas. Esta es la libertad de cultos. Ya veis, amados oyentes míos, cómo no siempre es piadoso dar de buen grado al César todo lo que parece suyo.
Sean nuestras almas del Señor para que su cólera no nos parta por la mitad, y atendámosle a Él antes que a nadie. ¿A quién obedeceríais primero, a un guardia municipal, o al Rey? al segundo, ¿no es verdad? Pues el César es el guardia municipal, y el Rey es Dios nuestro Señor, pero Rey de Reyes y Emperador de Emperadores. Elevad los corazones, que tiemble la oración en vuestros labios, que se agite, como humo inquieto la fe en vuestros pechos para que el Señor nos conceda ver acabadas la podredumbre del liberalismo, la masonería, las persecuciones de la Iglesia y las desdichas de sus venerables ministros, y para que acaben las fatigas de los que luchan por la fe en cualquier terreno, porque entonces podremos gritar: ¡Pueblos esparcidos por el Universo, palmotead, manifestad con millares de gritos de alegría la parte que tomáis en la gloria de vuestro Dios en el día de su triunfo! Yo diré a vuestro corazón, con el Profeta: cuasi tuba exalta vocem tuam, et anuntia populo meo scelera eorum. Orad, y ahorraréis lágrimas a la Esposa del Cordero; haced que todo el mundo rece en vuestras casas por los que están sepultados en el profundo sueño del pecado, dormiebat sopori gravi; por los que voluntariamente se han hecho sordos a las inspiraciones divinas, sicut aspidis surdæ et obturantis aures suas. Sí, amados hermanos míos, orad a María en todas sus advocaciones, tan buena es una como otra, todas son mejores y dulcísimas; porque si oramos, las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia.»
Mientras bajaba lentamente del púlpito estalló en la iglesia rumor de muchedumbre inquieta, y de los labios de los fieles salió un murmullo de aprobación. En seguida, todos comenzaron a salir, ansiosos de sustraerse, a pesar de su devoción, a la pesada y sucia atmósfera del templo. Las puertas vomitaron negras oleadas de gente que, al desparramarse por las aceras, respiraba con delicia el aire puro de la noche, y en pocos momentos la ancha nave quedó vacía. Algunos exaltados elogiaban el sermón.
—Es un padre nuevo.
—No le conocía.
—Ni yo: ¡qué valiente ha estado!
—Es de los finos.
—¡Ojalá hubiera muchos así en los pueblos!